Cada pocos meses aparece una nueva promesa tecnológica: guantes con sensores, aplicaciones móviles o avatares 3D que aseguran traducir las lenguas de signos en tiempo real. Aunque parecen la solución definitiva, la comunidad sorda apenas utiliza estas herramientas. El problema es que este software suele diseñarse desde una perspectiva oyente que reduce las lenguas de signos a un mero catálogo de gestos con las manos e ignora que tienen una gramática propia y muy diferente a la de los idiomas hablados.
Para analizar esta desconexión hablamos con Zaira González Lago, filóloga, lingüista y doctoranda en la Universidade de Vigo. González Lago es, además, una persona CODA (Children of Deaf Adults, es decir, hija oyente de padres sordos). Ante la mirada paternalista que ha sufrido históricamente este colectivo, contar con investigadoras nativas garantiza una relación de confianza y rigor ético: “Formar y ser percibida como parte de la comunidad de la lengua minoritaria que investigas es fundamental para contar con el apoyo y la participación de los informantes”.
El error es diseñar tecnología para oyentes
El ejemplo más claro de este fracaso son los guantes traductores. Como explica González Lago: “Son una solución orientada al público oyente, ya que solo funcionan de manera unidireccional”. El dispositivo convierte los signos en voz para que la persona oyente entienda, pero no permite recibir una respuesta en lengua de signos. La herramienta resuelve la incomodidad de quien oye, pero mantiene a la persona sorda igual de aislada. ¿De qué sirve hacerse entender si no hay forma de recibir una contestación comprensible?
Este error responde al audismo o capacitismo: exigir que la persona sorda se adapte a los patrones oyentes. Muchas aplicaciones convierten voz a texto asumiendo que el problema queda resuelto, sin entender que la lengua natural del cerebro sordo es la lengua de signos. El español escrito funciona para este colectivo como una segunda lengua —como el inglés que se aprende en el colegio—, pero con la dificultad añadida de aprenderla sin el estímulo del sonido.
Exigirles comunicarse en el ámbito médico o administrativo en una lengua distinta de la suya es como obligar a una persona oyente a hacer un trámite en un idioma extranjero en su propio país. A ello se suma la falsa idea de que la lengua de signos es universal: solamente en España, la lengua de signos española (LSE) y la catalana (LSC) están reconocidas legalmente, y además existe la lengua de signos gallega (LSG), que es la que González Lago investiga. Ignorar esta diversidad condena a cualquier app al fracaso antes de salir al mercado.
Cuando la cara también habla: el reto de la gramática facial
Traducir una lengua de signos va mucho más allá de rastrear diez dedos con una cámara. Cada signo combina cinco parámetros: la forma de la mano, su posición en el espacio, la orientación, el movimiento y los componentes no manuales (CNM). González Lago aclara que estos últimos abarcan las expresiones del rostro y los movimientos del torso o la cabeza, que “influyen en otros niveles de la lengua y tienen valor contrastivo”. Esto significa que un leve cambio en la postura de las cejas o la boca mientras se realiza el mismo gesto manual puede transformar por completo el significado de una frase.
Ahí es donde tropieza la tecnología. “Las limitaciones técnicas y el enfoque en lo puramente manual hacen que los CNM se ignoren en los avatares 3D actuales”, señala la experta. El resultado son figuras robóticas e inexpresivas que pueden resultar incomprensibles para una persona sorda. Para crear herramientas realmente útiles es necesario entrenar a la IA con corpus lingüísticos (bancos de datos con miles de ejemplos reales de uso). En las lenguas orales es muy sencillo proteger la privacidad de los informantes: la voz se altera ligeramente o se transcriben los audios. Pero proteger la privacidad al crear corpus de lenguas de signos es mucho más complejo: se graban en vídeo y la cara es gramática pura. “Las técnicas actuales para hacer que los vídeos sean anónimos (como el pixelado o el propio uso de avatares, entre otros) eliminan información lingüística fundamental”, advierte González Lago. Al borrar el rostro para proteger la privacidad de la persona, se pierde el mensaje.
Los grupos RoVIT (Universidad de Alicante) y GRILES (Universidade de Vigo) trabajan juntos para avanzar en el reconocimiento automático de la LSE: la IA y el corpus CORALSE se dan la mano para crear una app que mejore la comunicación de las personas sordas. El grupo de robótica de la Universidad de Alicante ha conseguido ya los primeros resultados en la elaboración de una app móvil capaz de reconocer la lengua de signos mediante sistemas de IA. Esperan que en dos años sea una realidad que haga más fácil la vida de las personas sordas.
De la falsa inclusión al codiseño real
Implantar estos avatares e itinerarios inmaduros en hospitales, colegios o ventanillas públicas no resuelve la discriminación: genera una falsa sensación de accesibilidad. A las personas oyentes les parece que la institución ha cumplido, pero las personas sordas siguen desatendidas. “Estas iniciativas se compran como válidas por el desconocimiento de la sociedad sobre la lengua de signos y la cultura sorda”, indica la investigadora. Tratar al colectivo únicamente bajo la etiqueta de la discapacidad lo ha privado de los derechos que sí se reconocen a otras minorías lingüísticas y culturales.
Esta desprotección resulta crítica en la infancia: no facilitar a un niño un acceso temprano a la lengua lo expone a la privación lingüística, una realidad tristemente habitual en la comunidad sorda. Si el cerebro no consolida una primera lengua durante sus etapas críticas de desarrollo (antes de los 8 años), sufrirá secuelas cognitivas y emocionales permanentes que dificultarán, además, el aprendizaje de cualquier otro idioma, sea signado, oral o escrito.
La solución no pasa por frenar la innovación, sino por cambiar el método mediante el codiseño. Tecnólogos, lingüistas y usuarios sordos deben trabajar juntos desde la primera idea. Como concluye Zaira González Lago: “Un principio fundamental que debería guiar estos proyectos es buscar soluciones concebidas desde la perspectiva de los usuarios como una comunidad con identidad lingüística y cultural propia. Priorizar la lengua de signos y evitar sesgos capacitistas garantiza que la innovación responda verdaderamente a sus necesidades”.
