Todos sabemos que los móviles se han convertido en una extensión de nuestras vidas. Nos acompañan a todas horas, nos conectan con el mundo y nos facilitan un sinfín de tareas. Pero, ¿cómo podemos asegurarnos de que esta herramienta no se convierta en una barrera para el desarrollo de los más jóvenes?

Cuando la tecnología pasa factura

Cuando pensamos en el impacto de los móviles en los jóvenes, lo primero que nos viene a la cabeza es el rendimiento académico. Un experto, el director del Observatorio para el Uso Saludable de la Tecnología, Guillermo Cánovas, describe un fenómeno que vivimos a diario, lafalsa multitarea”. Estudiar con el móvil al lado es un entrenamiento para la distracción. No solo nos hace más lentos, sino que, incrementa el porcentaje de errores en un 50%, enseñando a nuestro cerebro a hacer las cosas mal.

Pero el impacto va mucho más allá del aula. Un estudio publicado en la revista científica Journal of Human Development and Capabilities, con una muestra de más de 100.000 jóvenes, revela que recibir un smartphone a los 12 años o antes se asocia directamente con la aparición de problemas como la baja autoestima y la inestabilidad emocional en la juventud adulta.

El estrés digital y el espejo de las redes sociales

La raíz de muchos de estos problemas se encuentra, según los investigadores, en el acceso temprano a las redes sociales. Durante la infancia y la adolescencia, nuestra identidad todavía se está construyendo, y las redes sociales actúan como un espejo distorsionado donde todo el mundo parece tener una vida perfecta. Este escenario fomenta la comparación constante, lo que puede llevar a una erosión de la confianza en uno mismo.

Este entorno es la base donde nace el estrés digital, un fenómeno va más allá del tiempo de pantalla. Es la ansiedad por estar siempre conectado, el miedo a perderse algo(FOMO) o la dificultad para“desconectar” por completo. Si a esto le sumamos las horas de sueño perdidas y el efecto de los algoritmos, que crean burbujas de realidad y nos exponen a contenidos potencialmente nocivos, el cóctel para la salud mental se vuelve explosivo.

Un camino hacia un uso más consciente

La tecnología no es el enemigo. Es una herramienta poderosa y con un potencial increíble. La clave está en saber cuándo y cómo usarla. Del mismo modo que no le darías las llaves de un coche a un niño, quizás deberíamos plantearnos con la misma seriedad si un smartphone es la mejor herramienta para un menor que aún está aprendiendo a navegar por el mundo.

No se trata de prohibir, sino de educar y acompañar. La solución no es apagar las pantallas para siempre, sino aprender a encenderlas con sentido crítico. Hablar en familia sobre estos temas, establecer acuerdos y dar ejemplo es la mejor manera de guiar a los jóvenes hacia una relación sana y equilibrada con la tecnología.

Los datos son claros. La evidencia científica nos muestra un reflejo de la realidad mucho más crudo de lo que pensábamos: un uso temprano del móvil se asocia a un aumento en la propensión a la agresividad, la desconexión de la realidad y la baja autoestima. Esta no es una cuestión de moralidad, sino de salud mental. La conclusión es que la edad importa, no como una norma inflexible, sino como una guía para proteger a quienes están en pleno desarrollo.