Los investigadores recuerdan que la arena de las playas procede fundamentalmente de los ríos, que arrastran sedimentos desde el interior hasta el litoral. Una vez alcanzan el mar, el oleaje se encarga de distribuir estos materiales a lo largo de la costa. Sin embargo, esta dinámica natural se ha visto alterada por la proliferación de infraestructuras que retienen los sedimentos antes de que lleguen a su destino.

Aportación de sedimentos 10 veces menor

El investigador y profesor de la Universidad de Zaragoza Alfredo Ollero destaca que existe una conexión directa entre los ríos y el mar. Según explica, los cursos fluviales no terminan realmente en su desembocadura, sino que forman parte de un sistema interconectado que resulta esencial para el ciclo del agua y de los sedimentos. Los expertos señalan que la relación entre las barreras fluviales y la pérdida de playas es directa. Los aportes de sedimentos al mar son actualmente entre cinco y diez veces inferiores a los que existían antes de la construcción de estas infraestructuras. Como consecuencia, muchas playas no reciben la arena necesaria para compensar la erosión natural provocada por el oleaje.

La profesora de Geografía Física de la Universidad del País Vasco Askoa Ibisate subraya que el principal problema no es que el mar retire la arena de las playas durante temporales o episodios de fuerte oleaje, sino que los sedimentos que deberían reemplazarla ya no llegan desde el continente. Buena parte de ellos quedan atrapados en los ríos debido a las barreras que fragmentan su recorrido. El impacto no se limita únicamente al litoral. La reducción del transporte de sedimentos también altera el funcionamiento de los propios ríos. Según Ibisate, esta situación puede provocar pérdida de biodiversidad, transformación de los ecosistemas fluviales y cambios en la morfología de los cauces. Además, el aumento de la velocidad del agua puede llegar a comprometer la estabilidad de determinadas infraestructuras al erosionar sus cimientos.

Barreras naturales

Entre las barreras que más afectan al transporte de sedimentos destacan las presas y los azudes, aunque su impacto es diferente. Las presas, diseñadas para almacenar agua, llegan a retener prácticamente toda la grava y la arena que contribuyen a la formación de las playas. Los azudes, de menor tamaño, reducen la capacidad de transporte del río al modificar el caudal disponible, especialmente cuando se utilizan para derivar agua destinada al riego o a centrales hidroeléctricas. Uno de los ejemplos más representativos es el Delta del Ebro. Los expertos coinciden en señalar que las presas de Ribarroja y Mequinenza, construidas en la década de 1960 cerca de la desembocadura, retienen más del 90 % de los sedimentos generados por la cuenca. Como resultado, el delta recibe una cantidad muy inferior a la que llegaba históricamente, favoreciendo el retroceso de la línea de costa.

Además de sus efectos sobre las playas, la acumulación de sedimentos en los embalses reduce progresivamente su capacidad para almacenar agua. Por ello, algunos especialistas defienden la necesidad de poner en marcha programas periódicos de purga mediante la apertura de los desagües de fondo de las presas, estructuras diseñadas precisamente para evitar su colmatación y permitir la liberación de sedimentos aguas abajo. Los expertos consideran que recuperar la conexión natural entre los ríos y el mar es una de las claves para frenar el retroceso de las playas y mejorar la salud de los ecosistemas fluviales y costeros, especialmente en zonas con una elevada presión turística como el litoral mediterráneo.