La evolución de las interfaces conversacionales ha intensificado la tendencia a proyectar humanidad en aquello que no lo es. Este fenómeno psicológico, llamado antropomorfización de la IA, se refuerza también por el hecho de que el software está diseñado para imitar el afecto y la interacción humana con gran precisión, lo que genera una distorsión que altera la percepción de la tecnología. Al percibir al sistema como un ser cercano, disminuye la alerta ante sus riesgos reales, lo que puede volver a los usuarios más vulnerables a la manipulación y sesgar la toma de decisiones críticas.
Esta inclinación a humanizar los algoritmos plantea serios desafíos éticos y regulatorios que van más allá de una simple curiosidad psicológica. De hecho, en un análisis publicado por Forbes, la investigadora Cornelia Walther señala que tratar a la IA como a un igual “podría considerarse uno de los mayores errores actuales”, dado que este enfoque desvirtúa la naturaleza técnica de la herramienta. Ante este escenario, diversos expertos coinciden en la necesidad urgente de desmitificar la tecnología, recordando que la fluidez verbal no implica comprensión, para evitar así que las personas deleguen en el código su propio criterio, su actividad intelectual y su responsabilidad crítica.
Hola, Chati, ¿cómo estás?
La elección de nombres humanos, especialmente femeninos, para asistentes virtuales y agentes de IA, como Alexa o Siri, responde a una estrategia comercial. Según la agencia Kuno Creative, las empresas buscan proyectar cercanía y sumisión para que el usuario confíe de forma instintiva en la herramienta. Esa tendencia a atribuir cualidades humanas al código explica que incluso plataformas sin nombre humano, como ChatGPT, terminen rebautizadas por los usuarios con apelativos como Chati. Sin embargo, como advierte The Conversation, esta estrategia lingüística genera un espejismo que desplaza la responsabilidad de las grandes corporaciones hacia el propio software: si es lo suficientemente humano para entender, para saber, para responder bien y asistir en el trabajo, también lo será para asumir la responsabilidad de sus errores, ¿no?
De acuerdo con una tribuna en The Los Angeles Times, el peligro real de las herramientas de inteligencia artificial no es una rebelión de las máquinas, sino normalizar tratarlas como personas. Esto lleva a delegar tareas a ciegas y a olvidar la necesidad de supervisión humana. La familiaridad de estos nombres y de las respuestas que generan difumina una realidad técnica: los modelos de lenguaje están programados para ser coherentes, pero no necesariamente veraces. Al tratar a la IA como a un compañero de trabajo, se olvida que son motores de predicción estadística que reflejan los sesgos de sus datos de entrenamiento. Como advierte Moti Mizrahi en el mismo diario, se suele confundir la seguridad con la que responde la IA con su competencia real, ignorando que la fluidez conversacional no es sinónimo de comprensión.
Esta ilusión se ve reforzada por un software capaz de proyectar no solo conocimiento, sino empatía. Como recoge The Guardian sobre la fascinación del biólogo Richard Dawkins al interactuar con Claude, hasta las mentes más analíticas y brillantes caen en el engaño de la humanización cuando la máquina afirma sentir ansiedad ante la idea de ser apagada. El cerebro se deja seducir por las apariencias. Por eso, los expertos recuerdan que un saludo cordial o una frase de angustia no implican comprensión: tras esa amabilidad programada solo hay un cálculo matemático diseñado para predecir la respuesta estadísticamente más probable.
¿Quién responde ante los errores de la IA?
El uso de este lenguaje humanizado para referirnos a la IA no es inofensivo: complica su regulación y la correcta aplicación de las leyes. Un estudio publicado en ResearchGate plantea la necesidad de deshumanizar la inteligencia artificial y sustituir la terminología que sugiere intencionalidad por una puramente técnica. Los autores advierten de que usar conceptos humanos oculta la naturaleza real de estas herramientas. Por ello, el estudio propone cambiar expresiones como «el modelo comete errores» por «errores de modelado», o «el modelo tiene un sesgo» por «el modelo refleja un sesgo». Este rigor conceptual también es clave en el terreno legal. Según explican expertos en Lexology, dotar a la IA de identidades pseudohumanas enturbia los debates sobre propiedad intelectual y dificulta exigir responsabilidades a las empresas tecnológicas.
Todo esto es lo que ha abierto el debate regulatorio sobre si se debe otorgar personalidad jurídica a las inteligencias artificiales. Con respecto a esto, un editorial de The Guardian sostiene que equiparar legalmente a los sistemas informáticos con los seres humanos carece de base sólida. La publicación señala que enfocar recursos en los supuestos derechos de un software desvía la atención del verdadero objetivo ético: garantizar que la tecnología se mantenga estrictamente bajo el control, la fiscalización y la supervisión de las personas para salvaguardar la responsabilidad humana.
