Según la ginecóloga Radharani Jiménez, miembro de la AEEM, esta etapa es a menudo invisible para el sistema sanitario porque las analíticas pueden salir normales mientras las hormonas "desafinan", provocando lo que muchos llaman una "segunda adolescencia" marcada por picos emocionales y cambios físicos.
La falta de estrógenos no solo afecta al ciclo menstrual; impacta directamente en los neurotransmisores, modificando el "cristal" con el que se ve la vida. Esto puede derivar en síntomas de ansiedad o depresión sin antecedentes previos, simplemente porque al bajar los estrógenos caen también las endorfinas y la dopamina. Además, la experta señala que casi todo nuestro cuerpo tiene receptores hormonales, lo que explica que existan hasta 270 síntomas documentados: desde un sueño más liviano y cansancio crónico hasta tinnitus, picores en la piel o sequedad en todas las mucosas.
El reto metabólico y la grasa abdominal
Uno de los cambios que más preocupa a las mujeres es el aumento de peso y la acumulación de grasa en el abdomen. Jiménez advierte de que las dietas restrictivas en esta etapa son contraproducentes, ya que disparan el cortisol y ponen al cuerpo en alerta.
El "salvavidas" real es el ejercicio de fuerza, fundamental para contrarrestar el cambio metabólico y reducir el riesgo cardiovascular que aumenta en esta fase. Huir del sedentarismo y adoptar una alimentación antiinflamatoria ayuda a la microbiota a gestionar la inflamación crónica responsable de la pesadez y el malestar general.
Este periodo también afecta a la esfera más íntima. Es común experimentar una disminución de la libido, menor lubricación vaginal e incluso una reducción en la intensidad de los orgasmos. Además, las mujeres tienden a lesionarse más a partir de los 40 debido a la pérdida de protección hormonal en articulaciones y músculos. Por ello, es vital que las mujeres a partir de los 35 o 38 años empiecen a tener conciencia de este proceso para no solapar sus síntomas con el estrés laboral o el posparto, buscando respuestas claras en lugar de resignarse al malestar.
Terapia hormonal: más beneficios que riesgos
La doctora Jiménez hace un llamamiento a revisar la medicación de muchas mujeres que hoy toman somníferos o antidepresivos cuando la raíz de su problema es puramente hormonal. La evidencia científica actual respalda que la terapia hormonal, bien indicada y bajo supervisión médica, tiene más beneficios que riesgos. No es necesario esperar a que la regla desaparezca por completo para buscar ayuda; el tratamiento puede iniciarse en plena perimenopausia para mejorar drásticamente la calidad de vida y prevenir complicaciones futuras.
Para aquellas mujeres que no puedan optar por hormonas, existen alternativas como la fitoterapia y suplementos con base científica (vitamina D, hierro o magnesio), siempre acompañados de una ingesta adecuada de proteínas.
La perimenopausia no debe verse como un declive, sino como una oportunidad estratégica para poner la salud en orden. Informarse y escuchar al propio cuerpo es el primer paso para transitar esta década con control, energía y, sobre todo, sin perder la identidad en el camino.
