El doctor Carlos Egea, presidente de la Federación Española de Sociedades de Medicina del Sueño (FESMES), explica que hasta 1900 se dormía habitualmente más de ocho horas diarias. Hoy, cerca del 60% de la población española duerme menos de siete. Y no solo ha cambiado la cantidad: también la forma. Antes el sueño era bifásico, dividido en dos bloques de cuatro horas; ahora es continuo pero insuficiente.

Detrás de este cambio hay tres grandes factores. El primero es la luz artificial, que ha alterado profundamente nuestros ritmos biológicos. El segundo es la industrialización, que transformó la forma en que distribuimos el tiempo entre el trabajo y el descanso. El tercero es la cultura de la inmediatez, que nos mantiene permanentemente conectados y alerta. "Estos tres factores hacen que durmamos cada vez menos, llegando a unos extremos que como raza no nos podemos permitir", advierte el doctor Egea.

La Academia Americana del Sueño establece que los adultos necesitan entre 7 y 8 horas de sueño cada noche, los adolescentes unas nueve y los niños pequeños, según su edad, nueve horas o más.

El problema particular de España

A los factores globales se suma uno específicamente español: el desfase horario. España vive con un huso horario que no se corresponde con sus horas solares, lo que recorta las oportunidades de descanso nocturno. "En España el tiempo de luz va demasiado lejos a lo largo de la tarde y no nos deja una ventana de oportunidades para dormir lo que deberíamos. El sol se esconde dos horas más tarde de lo que sería idóneo para nuestro organismo. Si viviéramos en el GMT que nos corresponde, anochecería a las 20:30 horas y tendríamos una ventana de 4,5 horas para fomentar ese descanso nocturno", argumenta el presidente de FESMES.

A esto se suma el impacto de las redes sociales, que han extendido la privación de sueño también entre los adolescentes. Egea señala que no es solo la luz de las pantallas lo que perturba el descanso, sino también las emociones que generan: la ansiedad por una respuesta en WhatsApp o los likes en una publicación mantienen el cerebro en estado de alerta cuando debería estar desconectando.

Nos metemos en la cama, pero no conseguimos dormir

Más allá de la hora a la que nos acostamos, el doctor Egea llama la atención sobre un fenómeno creciente: el tiempo que pasa desde que apagamos la luz hasta que realmente nos dormimos, lo que en medicina del sueño se conoce como latencia no REM o insomnio de inicio. "Desde que hay luces apagadas y cerramos los ojos hasta que nos dormimos se está incrementando el tiempo que transcurre. No es solo la hora a la que iniciamos el sueño, sino el tiempo que tardamos en dormirnos, y eso hace que haya un gran grupo con problemas de insomnio crónico", explica.

Para que el sueño sea eficiente, el tiempo dormido debe representar al menos el 80% del tiempo que pasamos en la cama. Sin embargo, el estrés y las pantallas deterioran la calidad del descanso, y el ruido ambiental y la hiperactivación mental hacen el resto. "Dormir se ha considerado tiempo perdido, y por ello no hacemos nada por recuperarlo", lamenta el especialista.

El ritmo de vida actual lleva además a un círculo vicioso: cada vez más personas recurren a estimulantes como la cafeína para mantenerse despiertas durante el día, y luego necesitan hipnóticos o ansiolíticos para poder conciliar el sueño por la noche. Una trampa farmacológica que agrava el problema en lugar de resolverlo.