La investigación, publicada en la revista Clinical Neurophysiology, analizó 419 polisomnografías nocturnas de niños y adolescentes de entre 1 y 18 años que estaban siendo evaluados por posibles trastornos respiratorios del sueño. Los resultados muestran que, a medida que aumenta la edad, el tiempo total de descanso disminuye, especialmente durante la adolescencia, y aparecen características cada vez más similares a las de los adultos.
Un cambio progresivo hacia el sueño adulto
Entre los principales cambios observados destaca que los adolescentes tardan más tiempo en quedarse dormidos, presentan una menor proporción de sueño en fase REM y experimentan un mayor número de microdespertares durante la noche. La responsable de la Unidad del Sueño de la Clínica Universidad de Navarra e investigadora del estudio, Elena Urrestarazu, explica que hasta ahora no estaba claro en qué momento el sueño dejaba de comportarse como el de un niño y comenzaba a parecerse al de un adulto. Según señala, los niños pequeños presentan una gran cantidad de sueño profundo y, especialmente en los recién nacidos y prematuros, una elevada proporción de sueño REM, una fase caracterizada por una intensa actividad cerebral y en la que se producen los sueños más vívidos.
El estudio demuestra que ese cambio ya es evidente durante la adolescencia. "El sueño del adolescente no es tan parecido al de un niño que está en una fase madurativa, sino mucho más parecido al del adulto", afirma Urrestarazu. Aunque todavía no se conoce con exactitud cuál es la función de la fase REM durante las primeras etapas de la vida, los investigadores consideran que podría desempeñar un papel importante en el desarrollo del cerebro. En la edad adulta, esta fase del sueño está relacionada especialmente con la consolidación de determinados tipos de memoria, como la memoria procedimental (la que permite aprender habilidades como montar en bicicleta) y con el procesamiento emocional.
La falta de sueño uno de los grandes problemas de la adolescencia
Más allá de los resultados del estudio, la especialista advierte de que el principal problema relacionado con el descanso en esta etapa es la falta de horas de sueño. Se estima que más de la mitad de los adolescentes duerme menos de lo recomendado, cuando las guías aconsejan descansar entre ocho y diez horas diarias. A ello se suma un reloj biológico naturalmente más tardío y el uso de pantallas antes de dormir, cuya luz retrasa la producción de melatonina y dificulta aún más conciliar el sueño.
Como consecuencia, muchos adolescentes se acuestan tarde, se levantan temprano y acumulan un déficit de sueño que puede repercutir tanto en el rendimiento académico como en su bienestar emocional. La investigadora señala que la falta de descanso se relaciona con una mayor irritabilidad, un peor estado de ánimo y un aumento de los síntomas de ansiedad, lo que convierte el sueño insuficiente en uno de los principales desafíos para la salud de los adolescentes.
