Este objetivo intermedio funciona como el puente necesario entre la meta de 2030 (un recorte del 55 %) y el ambicioso horizonte de alcanzar la neutralidad climática total a mitad de siglo, blindando así la transición energética frente a posibles cambios políticos.

La medida no solo busca proteger el planeta, sino también ofrecer seguridad jurídica a la industria, los ciudadanos y los inversores. Al establecer metas claras para la próxima década, Europa pretende liderar la transición limpia global sin perder competitividad. Además, la normativa incluye una cláusula de flexibilidad: los países podrán cubrir hasta un 5 % de este objetivo comprando créditos de emisión a terceros países, siempre que se basen en actividades creíbles y alineadas con el Acuerdo de París, lo que garantiza que el 85 % del esfuerzo sea estrictamente interno.

Vigilancia constante y competitividad

Para asegurar que nadie se quede atrás en este proceso, la Comisión Europea evaluará cada dos años los avances tecnológicos y científicos. Este seguimiento no solo medirá el CO2, sino también las tendencias de los precios de la energía y su impacto real en los hogares y la industria.

Si se detecta que la cohesión social o la prosperidad económica están en riesgo, el Ejecutivo comunitario podrá proponer modificaciones legales o medidas adicionales de apoyo, garantizando que el camino hacia el "verde" no comprometa la estabilidad de la Unión. Un punto clave de este acuerdo es el retraso hasta 2028 de la introducción del régimen de comercio de derechos de emisiones ETS2, que afectará directamente al transporte por carretera y a la climatización de los edificios.

Este aplazamiento de un año busca dar margen de maniobra a los Estados miembros para adaptar sus infraestructuras y sistemas de calefacción, evitando un impacto abrupto en los costes logísticos y en las facturas de los ciudadanos mientras se preparan para el gran cambio de 2040.

El reto de las nuevas políticas

Con el objetivo ya legalmente establecido, la Comisión Europea comienza ahora la fase de diseño de las políticas específicas que permitirán alcanzar estas cifras. Para ello, ya se han abierto consultas públicas que recogerán propuestas sobre cómo transformar sectores estratégicos como la agricultura, el transporte pesado y la industria pesada.

El reto es mayúsculo: se necesita una inversión masiva en energías renovables y tecnologías de eliminación neta de carbono para que el objetivo del 90 % no sea solo una cifra en el papel, sino una realidad física. Este compromiso sitúa a Europa como el primer gran bloque económico mundial en detallar sus planes para la década de los 40. Al fijar este rumbo, el Consejo envía un mensaje claro al resto del mundo: la transición no tiene vuelta atrás. La clave de los próximos años será equilibrar la ambición climática con la protección de la competitividad industrial, asegurando que el liderazgo ecológico de la UE se traduzca también en una economía más resiliente, independiente y moderna.