Estos buques aprovechan vacíos del derecho marítimo internacional para mover hidrocarburos procedentes de países sometidos a sanciones. Así lo explica el doctor en Marina Civil Rafael Muñoz, quien detalla que este entramado opera bajo una apariencia legal que, en realidad, oculta un sistema diseñado para eludir responsabilidades. Aunque no se trata de un fenómeno nuevo, en los últimos meses ha vuelto a la primera línea por varios incidentes, desde una mancha de fuel de unos 40 kilómetros en la costa rusa del mar Negro hasta el caso del metanero Arctic Metagaz, actualmente a la deriva en aguas libias.

Riesgo medioambiental

Para Muñoz, el mayor peligro de estas flotas es su impacto potencial sobre el medio ambiente. Las define como "la peor cepa del transporte de hidrocarburos por vía marítima", ya que operan bajo estructuras administrativas ficticias que impiden exigir responsabilidades en caso de accidente. El experto lo resume con contundencia, si un país sufre un vertido provocado por uno de estos buques, es prácticamente imposible obtener indemnización. El verdadero propietario suele estar oculto tras redes de empresas pantalla y fideicomisos registrados en territorios poco colaborativos. A esta opacidad se suma el deterioro de muchos de estos barcos. Según Gonzalo Escribano, director del Programa de Energía y Clima del Real Instituto Elcano, gran parte de la flota está formada por buques antiguos, algunos todavía monocasco, a pesar de que la normativa europea exige doble casco desde la catástrofe del Prestige.

Además, estos petroleros realizan transferencias de carga de barco a barco, a menudo cerca de las costas españolas, una maniobra que incrementa el riesgo de vertidos si no El portavoz de Greenpeace, Francisco Del Pozo, advierte de que los daños potenciales podrían ser devastadores, incluso superiores a los del Prestige. Y señala especialmente a los metaneros que transportan gas natural licuado, a los que califica como auténticas bombas climáticas. La organización ecologista publicó en febrero ocho simulaciones que muestran cómo un vertido en el mar Báltico podría afectar en cuestión de horas a reservas naturales del norte y noreste de Europa, poniendo en riesgo ecosistemas enteros.

Impacto de la guerra

Todo esto ocurre en un escenario marcado por la guerra, donde Ucrania ha intensificado sus ataques contra mercantes rusos, especialmente en el mar Negro. Según explica Gonzalo Escribano, en esa zona "están tirando a todo", esté sancionado o no, lo que incrementa el riesgo de vertidos o incluso de explosiones en plena navegación. Para Rafael Muñoz, el conflicto ha abierto "en una nueva era, muy gris, de enfrentamiento en el mar", en la que un error de cálculo podría desencadenar un desastre. Un ataque accidental a un petrolero cargado podría provocar una marea negra en aguas de países aliados, como Turquía o Grecia. El experto considera que Kiev aún no ha dado ese paso en el Báltico o el mar del Norte, aunque sí apunta a que podría haber actuado en el Mediterráneo en el caso del Arctic Metagaz. En cuanto al estrecho de Ormuz, Muñoz cree que Irán no atacará a estos buques porque forman parte de su red de intereses. Sin embargo, advierte de que podrían utilizarse en operaciones de "falsa bandera" para mantener la tensión internacional y prolongar el bloqueo de la zona.

Greenpeace recuerda que, además de la flota fantasma, en el golfo Pérsico hay numerosos petroleros inmovilizados que transportan más de 15 millones de toneladas de crudo, lo que multiplica el riesgo. Ante este panorama, Greenpeace insiste en que la única solución real pasa por disminuir el consumo de petróleo y acelerar la transición energética, además de reforzar los controles para impedir la entrada de combustibles fósiles rusos en el mercado. Muñoz, por su parte, cuestiona por qué España no aplica con firmeza el derecho internacional para interceptar estos buques, teniendo en cuenta que muchos atraviesan zonas especialmente sensibles como Finisterre, el Estrecho de Gibraltar o, en ocasiones, las aguas cercanas a Canarias. A su juicio, existe una falta de vigilancia activa en los espacios marítimos, algo especialmente preocupante en un país con un historial marcado por desastres como el del Prestige. Aquel episodio, recuerda, fue consecuencia de un entramado de banderas y empresas pantalla que anticipaba el funcionamiento de la flota fantasma actual.