En un contexto marcado por la urgencia climática y la necesidad de avanzar hacia modelos productivos más sostenibles, la investigación científica explora nuevas fuentes de nutrientes que puedan producirse localmente y con menor impacto ambiental. Entre las alternativas emergentes, los insectos se perfilan como una opción prometedora por su eficiencia productiva, su menor huella ecológica y su capacidad para integrarse en sistemas de economía circular.
El auge de los insectos en la investigación científica
El interés por los insectos como ingrediente alimentario se ha multiplicado en la última década. Mientras que a comienzos de siglo apenas se publicaban estudios sobre su uso, desde 2020 se superan los 300 artículos científicos anuales centrados en sus aplicaciones.
Un punto de inflexión fue el informe de la FAO de 2013, que puso en valor su alto contenido en proteínas y grasas, así como las ventajas ambientales de su producción frente a cultivos tradicionales destinados a la alimentación animal. En Europa, donde el consumo humano de insectos sigue siendo limitado, su principal vía de desarrollo se encuentra en la alimentación del ganado, un ámbito en el que España comienza a ocupar una posición destacada.
El papel del CSIC y el Instituto de Ganadería de Montaña
El Instituto de Ganadería de Montaña (IGM, CSIC-ULE) se ha convertido en un referente en el estudio del potencial de los insectos como sustitutos de ingredientes convencionales en la dieta de rumiantes. Sus investigaciones se centran no solo en las harinas de insectos como fuente de proteína, sino también en un componente menos conocido pero clave: los aceites derivados de especies como la mosca soldado negra o el gusano de la harina. Estos aceites presentan perfiles de ácidos grasos similares a los vegetales empleados habitualmente y, además, su uso ya está permitido en la alimentación de rumiantes en la Unión Europea.
Los ensayos realizados por el IGM han demostrado que sustituir parcialmente el aceite de palma por aceite de insectos en la dieta de ovejas y vacas lecheras no afecta negativamente a la producción ni a la calidad de la leche. En algunos casos, incluso se han observado mejoras en el perfil nutricional de los productos lácteos, aumentando la presencia de ácidos grasos considerados beneficiosos para la salud. Además, estos ingredientes pueden adaptarse modificando el sustrato de cría de los insectos, lo que abre la puerta a una nutrición animal más flexible y ajustada a criterios de sostenibilidad.
Una alternativa con proyección de futuro
Más allá de los aceites, el CSIC también investiga otros componentes de los insectos, como la quitina o el quitosano, que podrían actuar como moduladores de la fermentación ruminal y mejorar la eficiencia digestiva del ganado. En conjunto, estos estudios avalan el potencial de los insectos como una alternativa viable para reducir la dependencia de materias primas importadas y avanzar hacia una ganadería más respetuosa con el medio ambiente. Aunque aún se requieren más investigaciones a gran escala, la ciencia señala a los insectos como una pieza clave en la transición hacia sistemas alimentarios más sostenibles y resilientes.

