Vivimos rodeados de información como nunca antes en la historia. Noticias, análisis, opiniones y comentarios circulan sin pausa por las pantallas que llevamos en el bolsillo. Sin embargo, esa abundancia no siempre se traduce en una mejor comprensión de lo que ocurre a nuestro alrededor. De hecho, con frecuencia, sucede todo lo contrario.
Cuando la cantidad de contenidos que recibimos supera nuestra capacidad de procesarlos, el cerebro tiende a simplificar. Desarrollamos estrategias de lectura rápida casi de manera automática. Echamos un vistazo al titular, captamos la idea principal en pocos segundos y luego pasamos al siguiente contenido. Si bien estas estrategias pueden ser útiles para orientarnos en un entorno saturado, su coste es elevado, ya que limitan el tiempo necesario para seguir un razonamiento, comprender los matices o incluso situar un hecho en su contexto.
Diversas investigaciones han documentado este fenómeno. Un estudio de la Universidad de Valencia publicado en la revista Learning and Instruction, comparó la comprensión lectora de personas que leían el mismo texto en papel y en pantalla bajo condiciones de tiempo limitado. Los participantes que leyeron en pantalla con presión de tiempo obtuvieron resultados notablemente peores, algo que no ocurrió con quienes leyeron en papel. Los investigadores atribuyen esta diferencia a la dificultad para mantener la atención de manera sostenida cuando se lee en formato digital, especialmente cuando el tiempo es limitado.
Hábitos de lectura en España
Por primera vez, más del 65% de la población española se declara lectora por ocio. De acuerdo con elBarómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España 2024, el 31,7% de los españoles lee contenidos en formato digital. Además, el porcentaje de lectores frecuentes se mantiene por encima del 50%, lo que refleja una notable disminución en el porcentaje de españoles que afirman no leer nunca o casi nunca.
De acuerdo con el estudio realizado por Conecta para la Federación de Gremios de Editores de España(FGEE), con el apoyo de CEDRO y la colaboración del Ministerio de Cultura, desde 2017 ha habido un aumento significativo en el porcentaje de personas que leen por ocio, con un crecimiento de 5,8 puntos. Los lectores habituales también han aumentado en un 3,5%.
El estudio también desmiente un mito persistente en la sociedad, según el cual los jóvenes ya no leen. Según los datos del Barómetro, el grupo de personas entre 15 y 24 años sigue siendo el más lector, con un 75,3% de esta población afirmando leer de forma regular.
Una habilidad que se entrena y se pierde
La neurocientífica Maryanne Wolf, directora del Centro para la Dislexia y Justicia Social de la Universidad de California, lleva años estudiando cómo el entorno digital está transformando el cerebro lector. En su obra Lector, vuelve a casa, describe cómo le costaba cada vez más concentrarse al leer textos complejos que antes disfrutaba. La conclusión a la que llegó fue que había empezado a perder lo que denomina paciencia cognitiva, una habilidad que nos permite autorregular nuestra atención para procesar la información con más calma y, en última instancia, con mayor sentido crítico.
Wolf advierte que la lectura profunda no es solo una técnica de consumo de información; sino el proceso que nos permite establecer conexiones entre ideas, desarrollar empatía, cuestionar argumentos y construir criterio propio. Sin embargo, cuando esa habilidad se debilita, cambia la forma en que nos relacionamos con el conocimiento.
Leer para confirmar, no para comprender
A lalectura rápida se suma otra tendencia igualmente relevante, la lectura reactiva. En contextos de fuerte polarización, muchos contenidos se leen no tanto para entenderlos, sino para posicionarse ante ellos.
La psicología lleva décadas estudiando cómo tendemos a interpretar la información de manera que refuerce lo que ya creemos, buscando evidencias que confirmen nuestras ideas previas y descartando aquellas que las cuestionan. Este fenómeno, conocido como razonamiento motivado, opera de manera automática y puede hacer que leer se convierta más en un ejercicio de confirmación, en lugar de uno de comprensión. El resultado es una lectura expuesta a una pérdida valiosa, la de ampliar nuestra visión del mundo más allá de lo que ya pensamos.
¿Cómo se recupera la lectura profunda?
La buena noticia es que la paciencia cognitiva no desaparece de forma irreversible. Es una habilidad que puede recuperarse con práctica. Aquí te ofrecemos algunas recomendaciones para comenzar:
- Introducir pausas intencionadas. Antes de desplazarte a la siguiente noticia o de compartir un contenido, detente unos segundos y pregúntate: ¿qué dice realmente este texto y en qué contexto se sitúa?
- Seguir el hilo del argumento. En lugar de quedarte con el titular o una frase aislada, reconstruir el razonamiento completo de un texto es fundamental. Puedes preguntarte: ¿qué idea sostiene el autor, qué razones ofrece y cómo se interrelacionan entre sí?
- Contrastar perspectivas. Buscar fuentes diferentes sobre un mismo tema no elimina el desacuerdo, pero ayuda a poner los argumentos en contexto y reduce la tendencia a interpretar de forma apresurada.
- Gestionar las interrupciones. Muchas aplicaciones permiten desactivar notificaciones. Crear momentos de lectura sin interrupciones, aunque sean breves, es una manera efectiva de entrenar la atención.
Lo que estamos perdiendo
Perder la capacidad de practicar la lectura profunda no es solo una cuestión de comprensión; tiene implicaciones más relevantes en nuestra vida cotidiana y en nuestra sociedad. En primer lugar, la pérdida de esta habilidad afecta directamente nuestra empatía. Cuando no prestamos atención, no podemos sumergirnos completamente en las historias o perspectivas de los demás, lo que dificulta nuestra comprensión emocional de las experiencias ajenas.
En segundo lugar, se ve mermado nuestro pensamiento crítico. Este nos permite cuestionar y analizar los argumentos que se nos presentan, pero si solo leemos en busca de respuestas rápidas, caemos en el peligro de aceptar todo lo que nos llega sin ningún análisis, lo que favorece el pensamiento superficial.
Finalmente, esta falta de profundidad socava nuestra capacidad democrática. Un ciudadano informado y reflexivo es esencial en un sistema democrático. La superficialidad de la lectura que se consume a través de noticias rápidas y sensacionalistas limita nuestra capacidad para comprender los temas en profundidad, lo que podría llevarnos a tomar decisiones basadas en desinformación o incomprensión.
