Las personas que hoy tienen entre 55 y 70 años han atravesado más revoluciones tecnológicas que cualquier generación anterior. Han pasado de la máquina de escribir al ordenador de sobremesa, del teléfono fijo al smartphone, del DVD a Netflix, y ahora están incorporando la inteligencia artificial a su vida cotidiana.

No han nacido en la era digital, pero la han adoptado con una capacidad de adaptación que merece reconocimiento. Casi nueve de cada diez utilizan internet para operaciones bancarias, el 86% para informarse, el 81% para comprar online y el 72% para ver contenido. Además, el 46% ya paga con el móvil y cuatro de cada diez han empezado a usar herramientas basadas en IA.

Estos números desmienten la idea de que la tecnología es“cosa de jóvenes”. Lo que sí revelan es que la adopción digital no depende tanto de la edad sino de la accesibilidad, la utilidad percibida y, sobre todo, la motivación.

Existe una brecha, pero no es lo que parece

Los datos muestran que a partir de los 84 años, el uso habitual de internet cae drásticamente, ya que solo el 17% de las personas de esa edad navegan con regularidad. Entre los 75 y 84 años, el porcentaje sube al 42%. Y entre los 65 y 74, al 75%.

La diferencia no es solo generacional, también es de circunstancias, y este es un matiz importante. Las personas que hoy tienen más de 80 años crecieron en un contexto completamente diferente, sin acceso temprano a la tecnología, muchas veces con niveles educativos limitados y, en muchos casos, sin la necesidad práctica de usar internet durante su vida laboral.

En cambio, las generaciones que ahora rondan los 60 o 70 años sí tuvieron contacto con ordenadores en sus últimas décadas de trabajo, lo que facilitó su transición al mundo digital. Esto sugiere que la brecha actual no es tanto un límite de edad como un reflejo de contextos históricos distintos.

Participantes activos de la economía digital

Uno de los aspectos más interesantes del barómetro es que más de la mitad de los séniors se sienten seguros respecto a su estabilidad económica. Los mayores de 55 años representan el 60% del consumo privado en España, equivalente al 25% del PIB, y esta es una generación que prioriza el gasto en ocio, viajes y cultura por encima de ropa o medicamentos.

Esto nos lleva a que casi el 80% planea viajar durante 2026, incluido el 72% de los mayores de 70 años, quienes participan activamente en actividades culturales, cuidan su salud, hacen ejercicio y se informan. Son, en definitiva, ciudadanos digitales con poder adquisitivo, criterio y ganas de vivir. Y su adopción de la tecnología responde, en gran medida, a esa voluntad de seguir conectados con el mundo.

Riesgos que debemos vigilar

Ahora bien, que la brecha digital se esté reduciendo no significa que haya desaparecido ni que no existan riesgos. Uno de ellos es la dependencia excesiva de intermediarios digitales. Cuando todo se traslada a internet sin alternativas analógicas, quienes no tienen acceso o habilidades digitales quedan excluidos de servicios básicos como la banca, la administración pública o incluso la atención médica. La digitalización debe ser inclusiva, no obligatoria.

Otro riesgo es la vulnerabilidad ante estafas y desinformación. Las personas mayores son sujetos frecuentes de fraudes digitales, desde phishing bancario hasta noticias falsas diseñadas para generar confusión. Aquí la responsabilidad recae tanto en las plataformas tecnológicas como en la educación digital crítica.

Por último, está el edadismo tecnológico: la creencia de que las personas mayores no pueden o no deben usar ciertas herramientas. Este prejuicio se traduce en diseños poco accesibles, interfaces complicadas y falta de soporte adecuado.

El desafío ahora no es solo seguir cerrando la brecha digital, sino hacerlo de forma que nadie quede atrás. Eso implica diseñar mejor, acompañar más y, sobre todo, cuestionar nuestros propios prejuicios sobre quién puede o no usar la tecnología.