El acto de escribir ha acompañado al ser humano desde que los fenicios idearon hace miles de años un alfabeto para organizar mejor su tránsito comercial. Desde entonces, pese a ser patrimonio de una élite hasta hace apenas unas décadas, ese milagro de la capacidad simbólica del ser humano se ha realizado a mano. Son famosos los copistas, monjes enclaustrados en los scriptorium(“lugares para escribir”) que copiaban sin descanso sobre el pergamino miles de obras. Esta labor, normalmente realizada en penumbra e incluso de pie, alimentó las bibliotecas monásticas de entonces y ayudó a preservar un legado universal de valor incalculable. Todo ello mucho antes de que la imprenta expandiera el conocimiento de una forma más sencilla y eficiente desde finales del siglo XV.

Por otro lado, son innumerables los escritores(y las escritoras) que pese a los adelantos tecnológicos prefirieron redactar a mano sus obras. Benito Pérez Galdós, Mario Vargas Llosa, Carmen Martín Gaite o Truman Capote, entre otros tantos, vertían sus tramas y sus personajes con tinta sobre papel, a golpe de muñeca, sentados o tumbados.

El caso escandinavo

Hoy vivimos rodeados de libros… Y de pantallas. Móviles, tabletas, televisores, paneles callejeros. El actual frenesí tecnológico, inédito en la historia de la humanidad, lo ha cambiado todo. El nuevo mundo digital parece haber acabado con esa costumbre atávica de presionar la punta de un lápiz sobre el papel para trazar símbolos que entendemos como letras, y que crean mundos y liberan ideas. Una costumbre, además, indiscutible en las aulas de colegios e institutos hasta hace no mucho, pero que hoy comparte escenario con las pantallas.

Aunque no del todo. Suecia impulsó la digitalización de sus aulas a comienzos del siglo XXI. Poco después, en 2015, un 80% de sus estudiantes de institutos públicos tenía acceso individual a un dispositivo digital. En 2019, el uso obligatorio de tabletas se incluyó en el currículo. Algo cambió cuando en octubre de 2022 llegó al poder el actual gobierno liderado por el primer ministro Ulf Kristersson. Comenzó entonces“De la pantalla a la carpeta”, un programa político que cambió el paradigma: el Ejecutivo sueco entiende que las clases sin pantallas crean mejores condiciones para el aprendizaje y facilitan la concentración y el desarrollo de habilidades de escritura y de lectura del alumnado. Finlandia, líder educativa mundial desde hace años, se ha vuelto a subir también a esa no tan nueva ola del papel y boli frente a la pantalla.

En España ha habido cambios en los últimos años. El uso de los móviles está prohibido en entornos escolares(recreos, comedores, aulas…) en nueve comunidades autónomas y está limitado en otras cinco. La ley de protección de menores en entornos digitales que aprobó el Gobierno en 2025 obligaba además a regular ordenadores y tabletas entre alumnos de enseñanza no universitaria el uso didáctico, bajo supervisión del profesorado y mediante un plan digital anual de cada centro.

Una cuestión de atención

¿Por qué estas medidas? Ciertos estudios han demostrado que el sencillo acto de escribir a mano ofrece ventajas cognitivas que las herramientas digitales, por su propia naturaleza, no pueden reproducir. Escribir a mano se ha descubierto como un facilitador de la memoria y del aprendizaje, un acto que activa y conecta a todo el cerebro en su desarrollo.

“El cerebro humano evolucionó para procesar información sensorial y motora a lo largo de la evolución. Esas mismas regiones cerebrales de procesamiento sensorial y motor intervienen ahora en la cognición superior”, afirma Lisa Aziz-Zadeh, profesora de la Universidad del Sur de California. Solo el sentido del tacto permite sostener el bolígrafo mientras se trazan palabras y párrafos durante un tiempo que reclama concentración, atención y cuidado. Su naturaleza física casa con la evolución misma del ser humano. Por eso escribir a mano facilita que la información cale entre los alumnos. Y por eso su reinado en las aulas ha sido hasta ahora indiscutible.

Mellissa Prunty, investigadora en la Universidad de Brunel en Londres(Reino Unido), explica en un estudio que escribir a mano requiere de un procesamiento más profundo que teclear sobre una pantalla porque implica relacionar los sonidos con la creación de las letras.“Esto favorece la lectura y la ortografía en los niños y las niñas”, añade.

Escribir, retener, aprender

Robert W. Wiley y Brenda Rapp fueron un poco más allá. Los investigadores norteamericanos reunieron en un experimento a 42 adultos que no sabían árabe y les pidieron que aprendieran 20 palabras de su alfabeto. Los dividieron, eso sí, en tres grupos: unos debían aprender escribiendo a máquina; otros, a mano; y otros, simplemente observando. La práctica de la escritura a mano resultó ser la clara ganadora: quienes la emplearon demostraron después un mejor rendimiento en unas tareas de lectura y ortografía que no habían sido entrenadas específicamente. Wiley y Rapp creen que esta mayor facilidad responde a que utilizaron su conocimiento previo de cómo escribir las letras de su idioma nativo.

Laura Gamboa Sandoval, investigadora costarricense sobre educación, establece en su estudio El escribir a mano: un camino para mejorar la comprensión lectora:“Tomar notas a mano integra la información visual, propioceptiva y háptica, la memoria de trabajo y la información motora. Escribir a mano para tomar apuntes permite afianzar el conocimiento y lograr una mayor comprensión de lo que se escucha o lee”.

Y añade:“La escritura no es un fin en sí mismo, sino un medio para aprender, el cual brinda la posibilidad de crecimiento continuo y no una simple destreza. Además de servir de enlace para conocer o dar a conocer alguna idea, la escritura también transforma la conciencia; es decir, que la expresión escrita tiene efectos en los pensamientos y sentimientos de quien la emite”.

Es muy posible que, independientemente de la evolución tecnológica que esté por venir, habrá quienes continúen elaborando discursos, relatos y dedicatorias de su puño y letra, con sus particulares caligrafías(y sus tachones).