El olfato mantiene una capacidad de regeneración que no se observa en otros sistemas sensoriales. Las neuronas olfativas se renuevan cada pocas semanas, lo que permite que este sentido conserve su funcionalidad incluso en edades avanzadas. Esta particularidad explica por qué es el primero en desarrollarse durante la vida y uno de los últimos en deteriorarse de forma significativa. A diferencia de otros sentidos, su función no se limita a detectar olores. El sistema olfativo está estrechamente conectado con regiones cerebrales implicadas en la memoria, las emociones y la interpretación del entorno. Esta relación explica por qué ciertos aromas evocan recuerdos intensos o influyen en el estado de ánimo, y por qué su preservación puede tener un impacto relevante en la salud cerebral.
Capacidades del olfato
La capacidad de renovación del epitelio olfativo permite que el olfato mantenga su rendimiento durante más tiempo. Según explica Laura López-Mascaraque, presidenta de la Red Olfativa Española, esta regeneración puede potenciarse mediante la exposición regular a distintos olores. El entrenamiento olfativo favorece que las neuronas continúen renovándose y que el sentido se mantenga activo incluso en edades avanzadas. Este fenómeno convierte al olfato en un caso singular dentro del envejecimiento sensorial. Mientras otros sistemas pierden células sin capacidad de reemplazo, el olfato conserva un mecanismo de renovación que puede estimularse, lo que abre vías de investigación sobre su papel en la salud cognitiva.
El vínculo entre olfato, memoria y emoción ha llevado a estudiar su papel como indicador temprano de cambios neurológicos. Aunque la pérdida de olfato puede deberse a múltiples causas su preservación y entrenamiento se consideran estrategias prometedoras para favorecer la plasticidad cerebral. La posibilidad de estimular este sentido mediante ejercicios específicos ha despertado interés en ámbitos clínicos y de investigación. La investigación sobre el olfato ha crecido en los últimos años, impulsada por su relación con la salud cerebral y por su capacidad de regeneración. Expertas como López-Mascaraque destacan que comprender cómo se renuevan estas neuronas y cómo se integra la información olfativa en el cerebro puede aportar claves sobre envejecimiento saludable y sobre el funcionamiento de la memoria emocional.
La investigadora del Centro de Neurociencias Cajal (CSIC) detalla que para que podamos percibir un olor deben existir moléculas volátiles en el ambiente que viajan hasta la nariz. Cuando respiramos, estas moléculas alcanzan el epitelio olfativo, situado en la parte superior de la cavidad nasal. Este tejido es especialmente singular porque contiene las únicas neuronas del organismo que se encuentran fuera del cerebro. Cada uno de sus receptores está preparado para responder a moléculas muy específicas, lo que permite distinguir una enorme variedad de olores.
El recorrido del sistema olfativo
El sistema olfativo no sigue el recorrido habitual de otros sentidos, que pasan por estaciones intermedias antes de llegar a áreas superiores del cerebro. La información olfativa viaja de forma casi directa al sistema límbico, donde se procesan las emociones y los recuerdos. Por eso un olor puede evocar una vivencia concreta con una intensidad que ningún otro sentido reproduce. Laura López‑Mascaraque explica que, tras llegar al bulbo olfativo, la señal se proyecta hacia zonas corticales donde se decide si un olor resulta agradable o desagradable. Esa valoración no depende solo de la química del estímulo, sino de la memoria, el contexto, la experiencia previa y la genética, lo que explica por qué un mismo olor puede resultar placentero para una persona y desagradable para otra.
La percepción olfativa varía enormemente entre individuos. Las emociones y las experiencias personales influyen en cómo interpretamos un olor, pero también interviene la genética. El sistema olfativo cuenta con unos 400 genes dedicados a codificar receptores, una cifra muy superior a la de otros sentidos. Estos genes representan entre el 2 % y el 3 % del genoma humano, lo que genera una enorme variabilidad entre personas. Además, el propio sistema olfativo ajusta su sensibilidad para evitar la saturación, de modo que la incapacidad para detectar un olor no siempre significa que no esté presente, sino que el cerebro puede estar modulando la respuesta para protegerse del exceso de estímulo.
