Una investigación de la Universidad de Chile, realizada en modelos animales ha puesto sobre la mesa cómo dos de los edulcorantes más consumidos, la sucralosa y la stevia, podrían afectar negativamente a la microbiota intestinal y a la expresión de genes clave para la salud metabólica. Lo más inquietante del hallazgo es que estos cambios no solo afectan a quien los consume, sino que podrían transmitirse a generaciones posteriores.

A pesar de que el consumo de estos aditivos ha crecido exponencialmente, la prevalencia de la obesidad y la resistencia a la insulina no ha disminuido. Este fenómeno llevó a los científicos a investigar si los edulcorantes interfieren en el metabolismo energético de formas que aún no comprendemos del todo. Según el estudio, estas sustancias podrían actuar alterando la función de las bacterias intestinales, lo que desencadena una serie de cambios químicos que acaban modificando la actividad de genes relacionados con la inflamación y el control de la glucosa.

Impacto en la microbiota y herencia epigenética

Al analizar a los sujetos del estudio, los investigadores descubrieron que los edulcorantes producían microbiomas más diversos, pero con una trampa: las bacterias producían menos metabolitos beneficiosos, como los ácidos grasos de cadena corta. La sucralosa mostró ser especialmente persistente, aumentando la presencia de especies patógenas y reduciendo las beneficiosas. Estos cambios se mantuvieron durante dos generaciones, incluso cuando los descendientes ya no consumían el edulcorante, sugiriendo un impacto epigenético que se hereda de padres a hijos.

En términos metabólicos, la primera generación de machos expuestos a la sucralosa mostró signos de intolerancia a la glucosa. Al llegar a la segunda generación, se detectaron niveles elevados de azúcar en sangre en ayunas tanto en descendientes masculinos del grupo de sucralosa como en femeninos del grupo de stevia. Los datos sugieren que la sucralosa activa genes inflamatorios y "apaga" otros relacionados con el metabolismo en el hígado y el intestino de manera más consistente que la stevia, cuyos efectos fueron más leves y desaparecieron tras la primera generación.

Una señal de advertencia, no una alarma

Los autores del estudio subrayan que los ratones no desarrollaron diabetes, pero sí mostraron señales biológicas tempranas de desajuste metabólico. Estos cambios sutiles podrían aumentar la susceptibilidad a trastornos más graves en el futuro, especialmente si se combinan con otros factores de riesgo como una dieta rica en grasas. Es decir, los edulcorantes podrían estar preparando el terreno para que el cuerpo responda peor ante una alimentación poco saludable.

Aunque los resultados en animales no se pueden trasladar de forma exacta a los humanos, este hallazgo se suma a las crecientes preocupaciones de organizaciones de salud internacionales sobre el uso a largo plazo de edulcorantes no nutritivos. La conclusión de los expertos es una invitación a la prudencia y a la moderación: reducir el consumo de estos aditivos y apostar por sabores más naturales mientras la ciencia termina de descifrar cómo estas moléculas "dulces" pero vacías de energía interactúan con nuestra biología más profunda.