A diferencia del resto de los sentidos, que pasan por el tálamo antes de ser procesados, el olfato tiene una vía directa hacia el sistema límbico, también conocido como el cerebro emocional. Allí conecta con dos estructuras clave: la amígdala, responsable de las emociones, y el hipocampo, encargado de la memoria. De ahí que un olor pueda transportarnos en un instante a un recuerdo del pasado con una nitidez sorprendente. "Te recuerda muchas veces no al olor en sí sino a un episodio de tu vida. Tiene el poder más evocador, precisamente porque va directo a esas estructuras tan interesantes. Es lo que llamamos el efecto proustiano", explica López-Mascaraque, en referencia al famoso pasaje de Marcel Proust en el que el protagonista revive su infancia al mojar una magdalena en el té. Este mecanismo también tiene una función evolutiva: los olores putrefactos, por ejemplo, activan de forma casi universal una respuesta de alerta ante el peligro, un rasgo que se ha conservado a lo largo de millones de años de evolución.
Neuronas que se regeneran y un sentido que se puede entrenar
Las neuronas olfativas tienen una característica que las hace únicas: son de las pocas que se regeneran, con un ciclo de renovación de entre 40 y 60 días. Esto significa que, a diferencia de otros sentidos que se deterioran con la edad sin posibilidad de recuperación, el olfato puede mantenerse e incluso mejorarse con la práctica. "Si entrenas el sentido del olfato puedes tener una neurogénesis con una edad bastante avanzada. De hecho, se ve en perfumistas y enólogos, que con una edad considerable tienen una paleta de aromas realmente espectacular", señala la investigadora. Según un estudio de la revista Science que cita la experta, los seres humanos somos capaces de detectar millones de olores distintos, una cifra que se explica porque cada olor no es una sola molécula, sino una combinación de muchas en distintas concentraciones.
Olfato y salud mental: una relación más profunda de lo que creemos
López-Mascaraque es rotunda al afirmar que el olfato contribuye a mejorar la salud mental, especialmente en personas con enfermedades neurodegenerativas. "Al tener esta vía tan directa a la parte del cerebro emocional, es increíble cómo pueden reaccionar a determinados olores, sobre todo los que se asocian a algún momento de su infancia", explica.
La investigadora ha realizado talleres con personas mayores en los que, tras oler diferentes aromas, los participantes comenzaban a relatar historias de su pasado, generando conversaciones fluidas y emocionalmente ricas. Una ventana terapéutica que, sin embargo, sigue siendo poco explorada. "En el olfato el problema que tenemos es que nadie nos enseña. No tenemos ni palabras para verbalizar los olores. Está muy infravalorado", lamenta. Sobre la aromaterapia, la experta matiza que no es una medicina y que sus efectos son estrictamente personales: un olor a lavanda puede relajar a unos y no a otros, del mismo modo que hay personas a las que les relaja la música clásica y otras que prefieren el rock.
El futuro: narices electrónicas y diagnóstico de enfermedades
Más allá de sus aplicaciones en salud mental, el olfato abre una puerta apasionante en el campo del diagnóstico médico. Del mismo modo que los perros pueden detectar ciertas enfermedades a través del olfato, los investigadores trabajan en el desarrollo de sensores electrónicos capaces de identificar patologías con solo acercarse a una persona. También se estudia la posibilidad de integrar estos sensores en dispositivos cotidianos, como relojes inteligentes, para detectar alérgenos o gluten en los alimentos.
"Se está investigando mucho para poder crear algún tipo de nariz electrónica que, al acercarla a la persona, pueda marcar una enfermedad determinada", explica López-Mascaraque, presidenta de la Red Olfativa Española y Europea y autora del libro 'El fascinante mundo del olfato', una obra que reivindica este sentido a todos los niveles y que pone en valor el enorme potencial investigador que todavía tiene por delante.
