La situación es crítica: solo trece naciones logran mantenerse dentro de los márgenes de seguridad, de las cuales únicamente tres se encuentran en el continente europeo: Islandia, Andorra y Estonia. Este empeoramiento generalizado tiene dos culpables directos: la intensificación de los incendios forestales y el avance implacable del cambio climático.

El año 2025 ha estado marcado por emisiones récord de biomasa que han degradado la atmósfera de forma drástica. Canadá, por ejemplo, ha sufrido su segunda peor temporada de incendios, afectando a la calidad del aire de toda América del Norte. En Europa, el humo transfronterizo y el polvo sahariano han provocado que países como Suiza o Grecia vean incrementada su contaminación en más de un 30 %. España se sitúa en una zona media de la tabla, con niveles de polución similares a los de Francia o Alemania, lejos aún de cumplir los objetivos de aire limpio.

El mapa de la toxicidad mundial

Asia sigue siendo el epicentro de la crisis atmosférica. Paquistán, Bangladesh y Tayikistán encabezan la lista de países con peor calidad del aire, mientras que las veinticinco ciudades más contaminadas del planeta se reparten entre India, Paquistán y China. En estas regiones, la concentración de partículas es hasta veintidós veces superior a lo recomendado, lo que supone una amenaza directa para la vida de millones de personas. Por segundo año consecutivo, ninguna ciudad de Asia oriental ha logrado cumplir con las directrices de salud internacional.

En el extremo opuesto, la ciudad sudafricana de Nieuwoudtville se alza como el lugar con el aire más puro del mundo. En el caso de España, el informe arroja datos curiosos sobre la geografía de la polución: Ourense y Mollet del Vallès figuran como las localidades con peores registros, mientras que La Granja de San Ildefonso y Benicasim se sitúan como los refugios con el aire más saludable del territorio nacional. Estos contrastes evidencian que, incluso dentro de un mismo país, la gestión local y el entorno natural marcan la diferencia.

Monitorizar para poder actuar

La comunidad científica advierte de que no se puede combatir lo que no se mide. Los autores del informe lamentan el fin de importantes programas de vigilancia mundial y reclaman una red de sensores más amplia y accesible. Disponer de datos en tiempo real es la única forma de que las comunidades y los responsables políticos puedan tomar decisiones drásticas para reducir las emisiones. La falta de información deja a los ciudadanos desprotegidos ante un enemigo invisible que causa millones de muertes prematuras cada año.

La contaminación del aire exterior e interior está vinculada a casi siete millones de decesos anuales en todo el mundo. Abordar el cambio climático no es solo una cuestión de proteger el paisaje, sino de garantizar el acto más básico de la supervivencia humana: respirar. Ampliar las redes de vigilancia y apostar por energías limpias son pasos urgentes para evitar que, en el próximo informe, el número de países con aire seguro siga disminuyendo.