Los datos de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) son contundentes: tras un 2024 que se coronó como el año más cálido de la historia, 2025 ha seguido una estela similar, consolidando una tendencia al alza que amenaza con superar el límite de seguridad de los 1,5 °C fijado en el Acuerdo de París.

Ser responsables ahora para asegurar nuestro futuro

Este calentamiento no es solo una cifra; se traduce en sequías voraces, incendios incontrolables y una pérdida de biodiversidad que ya está forzando migraciones climáticas masivas. Mientras el mundo afronta lo que la ONU denomina "tiempos peligrosos", marcados por la inestabilidad geopolítica y la dependencia de los combustibles fósiles, la brecha entre regiones se acentúa.

La Unión Europea ha logrado reducir sus emisiones un 40 % respecto a los niveles de 1990 gracias al impulso de las renovables, pero el panorama global es desalentador. Según el informe Global Carbon Budget 2025, las emisiones mundiales de CO2 crecieron un 1,1 % el pasado año, alimentadas por conflictos internacionales que han encarecido la energía y retrasado la transición en áreas clave del planeta.

Un impacto que trasciende el termómetro

La crisis climática ha dejado de ser un problema exclusivamente ambiental para convertirse en una crisis social y de salud pública sin precedentes. Un informe reciente de Unicef revela que los fenómenos extremos ya han interrumpido el aprendizaje de 130 millones de niños en África, dañando infraestructuras educativas por valor de 1.300 millones de dólares. Son las nuevas generaciones las que están pagando el precio más alto por una crisis que no provocaron.

A esto se suma la advertencia de la Unión Internacional contra el Cáncer (UICC), que vincula directamente el aumento de la contaminación del aire con una mayor incidencia de diversos tipos de tumores. La transición energética no es solo una cuestión de ecología, sino de seguridad y estabilidad económica. Expertos como el economista Nicholas Stern insisten en que la dependencia de los combustibles fósiles vuelve a las economías vulnerables y peligrosas. Las próximas dos décadas serán, por tanto, decisivas.

La cooperación climática internacional se presenta como la única llave capaz de devolver la soberanía a los países a través de energías limpias, baratas y seguras, garantizando que el Día de la Tierra sea, en el futuro, una celebración de la recuperación y no un recordatorio de lo que estamos perdiendo.