Situada a 1.300 metros de altura, la finca apuesta por la horticultura ecológica y abre sus puertas al público durante los fines de semana. Entre sus plantas destaca la hierba luisa, presentada como un repelente natural contra los mosquitos gracias a sus compuestos químicos, similares a los de la citronela. También la perilla, una planta muy valorada en Japón y que, según se explica en la visita, posee un importante poder antihistamínico. Allí se utiliza además acompañando al pescado crudo por su capacidad para eliminar el anisakis que pudiera contener.

Tomates con historia propia

La Huerta de Abril nació con la intención de reunir una colección botánica de plantas comestibles y medicinales. Más de diez años después, el proyecto continúa creciendo como un espacio que combina horticultura, divulgación y recuperación de variedades vegetales. La finca está abierta al público los viernes por la tarde, de 17:00 a 20:00 horas, y los sábados y domingos, de 10:00 a 14:00 horas. Las familias pueden recorrer la huerta y recoger directamente frutas como fresas, grosellas y moras. Uno de los elementos que diferencia el cultivo es precisamente su ubicación en la sierra madrileña. A unos 1.300 metros de altura, las temperaturas son habitualmente entre siete y ocho grados inferiores a las de Madrid. El entorno está rodeado de bosque y, según los responsables de la huerta, el agua utilizada presenta indicadores de pureza como la presencia de gallipatos y tritones.

La montaña también desempeña un papel en las características de los cultivos. El salto térmico entre el día y la noche obliga a las plantas a defenderse de unas condiciones climáticas más extremas, aumentando la viscosidad de sus tejidos. Según explican desde la huerta, esta característica se traduce en una mayor presencia de aceites esenciales y azúcares, lo que contribuye a la calidad de las frutas y verduras cultivadas en alta montaña. El tomate ocupa un lugar especial en la huerta. Entre las variedades cultivadas se encuentran el negro de Bustarviejo, el gordo de Bustarviejo y el gordo de La Cabrera, variedades que antiguamente se cultivaban en la zona. El trabajo con variedades locales también puede dar lugar a ejemplares inesperados. Al plantar numerosos ejemplares de una misma variedad, pueden aparecer características procedentes de genes antiguos. Así, de una plantación del gordo de La Cabrera puede surgir, por ejemplo, un tomate amarillo con características propias.

Recuperar verduras olvidadas

Cuando aparece uno de estos ejemplares singulares, los responsables de la huerta pueden seleccionarlo y comenzar a trabajar con él. Algunos terminan recibiendo nombres propios, como el tomate de Abril, el tomate de Vega, el Rosa de papá o el tomate naranja de Juan. No se trata, explican, de comprar semillas híbridas comerciales, sino de trabajar con variedades locales y seleccionar aquellos ejemplares diferentes que aparecen de manera espontánea. La Huerta de Abril también mantiene colaboraciones con el IMIDRA y el Jardín Botánico de Madrid para recuperar verduras que tradicionalmente formaban parte de la alimentación y que actualmente son consideradas malas hierbas. Entre ellas se encuentran la verdolaga, las collejas y la cedera, plantas que, según se destaca durante la visita, son ricas y nutritivas.

El proyecto se plantea así como un espacio de recuperación y conocimiento de especies vegetales que forman parte de la tradición alimentaria, al tiempo que continúa explorando nuevos usos para las plantas. Uno de esos caminos es la coctelería. A raíz de la visita de Jaime, maestro coctelero, surgió la idea de utilizar plantas medicinales en la elaboración de cócteles. La experiencia se integra dentro de la llamada ruta de los cinco sentidos, en la que los visitantes pueden tocar y oler las distintas plantas de la huerta. Entre ellas está la artemisa, cuyo aroma recuerda, según la descripción realizada durante la visita, al de una conocida bebida refrescante. Más allá de sus cultivos, la Huerta de Abril reivindica el trabajo agrícola como una actividad que requiere tiempo y pasión. La inversión en horticultura no ofrece resultados inmediatos y, en muchos casos, los frutos del trabajo pueden tardar años en llegar. Para sus responsables, esa dedicación forma parte esencial de una profesión que, más que un oficio, se vive como una forma de vida.