Lejos de ser un simple estallido de humor, estas carcajadas inesperadas activan al cerebro de una forma sorprendentemente beneficiosa. Y para entender qué ocurre ahí dentro, EFE Salud consultó a la neurocientífica Elena Gallardo, profesora del Máster en Neurociencia y Educación de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR). Gallardo explica que cuando la risa se prolonga, el cerebro pone en marcha sus tres grandes sistemas: el lógico, el emocional y el motor. Primero interpretamos aquello que nos provoca gracia, después, la dopamina entra en escena y dispara la sensación de bienestar. Finalmente, el cuerpo responde moviéndose, casi sin que lo decidamos.

Cómo sucede

El resultado, según la especialista, es un auténtico "revulsivo" para el organismo, un momento en el que mente y cuerpo se sincronizan para liberar tensión, mejorar el ánimo y activar circuitos que nos ayudan a sentirnos más despiertos y conectados. Cuando la risa se desata, el cuerpo entero se pone en marcha. No solo se ilumina la cara, las manos acompañan el gesto, el torso se inclina hacia delante y los músculos se activan como si el organismo recibiera una descarga de energía. Es un movimiento casi involuntario, pero tremendamente beneficioso.

Ese estallido de bienestar no aparece por arte de magia. Detrás hay neurotransmisores que se liberan a toda velocidad. La dopamina abre el camino, pero no está sola, las endorfinas irrumpen como analgésicos naturales que elevan el ánimo y reducen la tensión. Y cuando la risa se vuelve contagiosa, entra en juego la oxitocina, la hormona que refuerza los vínculos y nos conecta con quienes tenemos alrededor. Por eso basta ver a alguien reír a carcajadas para que el impulso se propague. El cerebro reconoce esa señal de alegría y responde casi sin pensarlo.

Beneficios

Y antes de llegar a esas carcajadas imparables, está la sonrisa, que también tiene su propio recorrido cerebral. Gallardo explica que intervienen regiones como la corteza prefrontal, encargada de interpretar el contexto, y la unión temporo‑occipital, que detecta incongruencias o sorpresas. Es ese mecanismo el que hace que el humor absurdo funcione tan bien, el cerebro identifica algo que no encaja y responde con una reacción inmediata y divertida. Después de que el cerebro procese la parte más racional del humor, entra en juego su territorio más emocional. Es el sistema límbico, con la amígdala como pieza clave, el que interpreta si algo simplemente nos hace gracia o si, directamente, nos provoca una risa imparable.

Y cuando esa risa estalla, esa región parece expandirse, la dopamina se libera y activa la sensación de placer, mientras el circuito de recompensa se retroalimenta y amplifica el bienestar. La neurocientífica explica que el cerebro, por pura evolución, está programado para detectar antes lo negativo que lo positivo. Por eso, entrenar la mirada para encontrar un resquicio de humor incluso en situaciones difíciles es una forma de autocuidado. Quien consigue hacerlo, dice, está aprovechando los beneficios de cultivar pensamientos más amables y flexibles. Y si aún faltan motivos para apostar por la risa, hay otro argumento poderoso, y es que es contagiosa. Las neuronas espejo, responsables de imitar de manera inconsciente lo que vemos en los demás, hacen que una sonrisa ajena pueda convertirse en la nuestra sin que nos demos cuenta.