Cuando una persona tiene fobia al fuego, un simple olor a quemado puede ser el desencadenante de una reacción de ansiedad excesiva. No se trata solo de miedo ante la posibilidad, real o no, de un incendio en casa o en el entorno: una simple chimenea o una hoguera se convierten en una amenaza para quien sufre este trastorno.

Los incendios forestales que se repiten cada verano tienen repercusiones psicológicas en quienes los viven más de cerca, algo que forma parte de un proceso normal. Pero hay personas que, sin haber pasado por una experiencia similar, viven el fuego como un enemigo cotidiano, de la misma forma en que quienes temen volar sin haber sufrido nunca un accidente aéreo. Vanesa Fernández explica que la fobia al fuego se considera una fobia simple o específica, en la que se desarrolla una respuesta de ansiedad muy intensa ante un estímulo concreto, en este caso el fuego. Aunque los psicólogos no emplean el término "pirofobia" de forma técnica, se trata de una expresión popular, igual que ocurre con la aracnofobia (miedo a las arañas) o la amaxofobia (miedo a conducir).

En estado de alerta permanente

Cuando una persona tiene fobia al fuego, hasta un simple olor a quemado la sitúa en estado de alerta. Según explica la psicóloga, esta respuesta de ansiedad puede llegar a ser tan interferente que lleva al paciente a evitar o escapar de la situación temida, o de cualquier circunstancia en la que crea que puede desencadenarse un fuego. Ese estado de excitación y alerta constante puede llegar a condicionar la vida cotidiana de quien lo padece.

Qué síntomas provoca esta fobia

Los síntomas que genera la fobia al fuego pueden ser de tipo fisiológico, como el aumento de la frecuencia cardíaca y respiratoria, una tensión intensa o la necesidad de salir corriendo. También pueden ser de tipo psicológico, cuando se agudiza la atención hacia cualquier señal que sugiera que puede aparecer un fuego, lo que Fernández describe como una atención selectiva hacia la situación amenazante.

El perfil de la persona afectada

Esta fobia puede activarse ante estímulos aparentemente no peligrosos, como una chimenea o una hoguera: basta con que el paciente los asocie mentalmente con el peligro para que se desarrolle una respuesta fóbica. Según la experta, suele tratarse de personas con un rasgo de ansiedad elevado, es decir, con tendencia a interpretar como amenazantes situaciones que otras personas no vivirían así. Suelen ser personas muy anticipadoras, que a menudo presentan otras fobias, con poca seguridad y escasa fortaleza para enfrentarse a situaciones complicadas, y con una capacidad de regulación y gestión emocional muy baja.

Cuando una persona ha vivido un incendio forestal

Los incendios forestales que han afectado este verano a distintas provincias españolas, con miles de personas desalojadas y muchas otras afectadas, han podido dejar cierto temor en la población. Según la psicóloga, es normal que las personas afectadas experimenten, en las primeras semanas, una respuesta de ansiedad o miedo a que la situación se repita, así como inquietud o la tendencia a evitar los lugares donde se produjo el fuego. Fernández insiste en que estas reacciones deben normalizarse, sin generar alarma ni patologizarlas cuando no es necesario.

Sin embargo, si esa inquietud y ese estado de alerta se mantienen en el tiempo y comienzan a interferir de forma importante en la vida cotidiana, o si la persona revive la situación de manera repetida, podría empezar a hablarse de un trastorno de estrés postraumático, aunque para poder diagnosticarlo es necesario que pase cierto tiempo.

La terapia contra la fobia al fuego

La psicóloga explica que el tratamiento más eficaz para abordar fobias como esta es la terapia cognitivo conductual, un enfoque que combina la gestión del diálogo interno y de los pensamientos con técnicas de desactivación para reducir los niveles de activación psicológica, junto con técnicas de exposición graduada y jerarquizada, con control de la respuesta de evitación, que enseñan al paciente una serie de herramientas para exponerse de forma progresiva a la situación temida.

Se trata, según Fernández, de una terapia muy eficaz que combina la psicoeducación con la gestión cognitiva: se enseña al paciente qué decirse a sí mismo antes, durante y después de la exposición, y cómo gestionar la respuesta de ansiedad cuando se enfrenta a la situación que teme.