El estudio analizó en detalle a unas 96.000 personas, comparando su nivel global de actividad con la cantidad de esfuerzo intenso que realizaban y el riesgo posterior de padecer esas ocho enfermedades. Los autores observaron que incluso breves momentos de actividad más exigente, como correr para no perder el autobús, se asociaban con un menor riesgo de enfermedad y de mortalidad en general, y resultaban especialmente protectores frente a afecciones inflamatorias como la artritis, frente a enfermedades cardiovasculares graves como el infarto o el ictus, y frente a la demencia.
La investigación
La investigación fue desarrollada por un equipo internacional en el que participó el profesor Minxue Shen, de la Escuela de Salud Pública Xiangya de la Universidad Central del Sur, en Hunan (China). Shen recuerda que la actividad física ya se asocia a un menor riesgo de enfermedades crónicas y de muerte prematura, y que cada vez hay más pruebas de que los esfuerzos vigorosos aportan más beneficios por minuto que la actividad moderada, aunque todavía existen dudas sobre el peso específico de esa intensidad frente al volumen total de ejercicio.
El estudio analizó a 96.408 participantes del proyecto UK Biobank, que llevaron un acelerómetro en la muñeca durante una semana para registrar con precisión su movimiento, incluidos esos breves picos de actividad intensa que suelen pasarse por alto. Con esas mediciones, los investigadores calcularon la actividad total de cada persona y la proporción de esfuerzo lo bastante intenso como para provocar fatiga. Compararon estas mediciones con la probabilidad de morir o de desarrollar, en los siete años siguientes, ocho enfermedades graves: enfermedad cardiovascular severa, arritmias, diabetes tipo 2, afecciones inflamatorias de origen inmunitario, enfermedad hepática, patologías respiratorias crónicas, enfermedad renal crónica y demencia.
Resultados de la actividad física
El análisis mostró que quienes dedicaban una mayor proporción de su actividad física total a esfuerzos vigorosos tenían un riesgo notablemente menor de padecer cualquiera de estas afecciones. En comparación con las personas que no realizaban actividad intensa, quienes acumulaban la proporción más alta presentaban un 63% menos de riesgo de desarrollar demencia, un 60% menos de riesgo de diabetes tipo 2 y un 46% menos de riesgo de morir por cualquier causa. Estos beneficios se mantenían incluso cuando la duración total de la actividad vigorosa era relativamente breve.
Los investigadores observaron además que la intensidad tenía un peso distinto según la enfermedad. En afecciones inflamatorias como la artritis o la psoriasis, la intensidad era prácticamente el factor decisivo para reducir el riesgo. En otras, como la diabetes o la enfermedad hepática crónica, tanto la cantidad total de actividad como la intensidad resultaban determinantes. El profesor Shen explica que la actividad vigorosa parece desencadenar respuestas fisiológicas específicas que no se reproducen del todo con esfuerzos moderados. Durante esos momentos que dejan sin aliento, el corazón bombea con mayor eficacia, los vasos sanguíneos ganan flexibilidad y el organismo mejora su capacidad para utilizar el oxígeno.
También apunta que este tipo de actividad parece reducir la inflamación, lo que podría explicar la fuerte asociación observada con enfermedades inflamatorias como la psoriasis y la artritis. Además, podría estimular la producción de sustancias químicas en el cerebro que ayudan a mantener sanas las células nerviosas, lo que encajaría con el menor riesgo de demencia detectado en el estudio.
