La vicepresidenta de la sección de Infancia y Adolescencia de la Asociación Española de Psicología Clínica y Psicopatología (AEPCP), Amaia Izquierdo, explica que la adolescencia es una etapa marcada por la inseguridad, la vulnerabilidad y la introspección, en la que los menores buscan construir su propia identidad y diferenciarse progresivamente de sus padres mientras aumentan la importancia de las relaciones con sus iguales.
El verano aumenta la presión
Sin embargo, este proceso se ha complicado en las últimas décadas por la influencia de las redes sociales. Los adolescentes ya no solo se comparan con sus amigos, sino también con identidades virtuales que aparecen en fotografías preparadas, modificadas con filtros y alejadas de la realidad. Esto genera un modelo de referencia "excesivamente perfecto" e idealizado que puede hacer que los jóvenes consideren que no son suficientemente buenos para mostrarse con seguridad. Aunque cierta vergüenza a enseñar el cuerpo puede ser habitual durante esta etapa, existen determinadas señales que indican que el problema va más allá de lo normal. Izquierdo señala como una de ellas la renuncia a actividades cotidianas, como dejar de acudir a una piscina porque hay que ponerse en bañador o evitar un campamento con amigos por miedo a mostrar el cuerpo.
La preocupación también aumenta cuando aparecen comportamientos compulsivos para intentar modificar la apariencia física o comentarios negativos constantes sobre el propio cuerpo. Si la evitación se extiende a otros ámbitos de la vida y el adolescente comienza a aislarse social y familiarmente, permanece encerrado en su habitación o incluso modifica sus horarios de sueño para evitar mostrarse, la situación requiere especial atención. A estos comportamientos pueden sumarse irritabilidad, llanto y un nivel de sufrimiento que vaya “más allá de lo propio de la adolescencia”. Los cambios corporales significativos, la reducción de la ingesta de alimentos o la práctica compulsiva de ejercicio constituyen asimismo señales de alarma, ya que pueden derivar en un trastorno de la conducta alimentaria, un problema que cada vez aparece a edades más tempranas, especialmente entre las mujeres.
Una presión que comienza en la infancia
Las redes sociales tienen también un papel relevante en esta problemática. Los adolescentes no solo consumen imágenes retocadas, sino que pueden modificar sus propias fotografías y construir una identidad virtual que no coincide con su aspecto real. Cuando posteriormente tienen que encontrarse con personas a las que llevan tiempo sin ver, pueden experimentar vergüenza y miedo ante la diferencia entre ambas imágenes. "Llego ante ellos y no soy yo. Hay una distorsión, mucha disonancia entre la imagen real y la virtual", sostiene Izquierdo. El verano puede convertirse en una época especialmente complicada para los adolescentes debido a la mayor exposición del cuerpo. La psicóloga de Blua de Sanitas, Silvia Mérida, señala que enseñar el cuerpo puede pasar de ser un gesto cotidiano a convertirse en una fuente de tensión. La presión, según Mérida, no procede únicamente del cuerpo que tienen los jóvenes, sino también de la distancia que perciben entre su imagen y el ideal que creen que deberían alcanzar. Las redes sociales muestran cuerpos seleccionados mediante iluminación, postura, edición o incluso completamente fabricados, pero pueden ser recibidos como referencias reales y alcanzables.
La influencia de estos modelos no se limita a la adolescencia. Izquierdo advierte de que la insatisfacción comienza a aparecer también durante la infancia, con la comercialización y viralización de productos de skincare, presentados incluso como rituales de amor propio, o con el uso de filtros en fotografías infantiles. La psicóloga alerta de la creencia de que uno nunca es suficiente tal y como es y de que, si se esfuerza, puede alcanzar un estándar de belleza perfecto. A ello se suma el papel de los algoritmos de las redes sociales, que favorecen la exposición continuada a determinados modelos físicos. “Y el algoritmo siempre gana”, lamenta. Si la situación no mejora o la conducta del menor continúa afectando a su vida cotidiana, Izquierdo recomienda acudir al pediatra cuando se trate de niños más pequeños o al médico de atención primaria en el caso de los adolescentes y adultos jóvenes, para que puedan valorar una posible derivación a Salud Mental.
