Al reducirse las obligaciones laborales y la actividad cotidiana, el cuerpo y la mente pueden comenzar a manifestar señales de agotamiento que habían pasado desapercibidas durante el resto del año. Disfrutar de actividades al aire libre, aumentar la vida social o simplemente disponer de más tiempo para descansar se relaciona habitualmente con una mejor condición física y mental. Sin embargo, no todas las personas consiguen relajarse por completo durante este periodo.

Los cambios de rutina también pueden influir

"En ocasiones, durante las vacaciones aparece el efecto acumulado del estrés sostenido. Es entonces cuando pueden aflorar sensaciones de cansancio, apatía o malestar que antes no habíamos percibido, porque estábamos centrados en responder a las obligaciones diarias", explica la psicóloga María Astasio, del Departamento de Psiquiatría y Psicología Clínica de la Clínica Universidad de Navarra. Cuando disminuyen las exigencias del trabajo y el ritmo habitual, esas señales de agotamiento que habían quedado en un segundo plano pueden hacerse más visibles. Las vacaciones, por tanto, no siempre suponen una desconexión inmediata, sino que en algunos casos permiten que se manifieste el efecto acumulado de periodos prolongados de estrés. Los meses de verano suelen favorecer el bienestar gracias a factores como una mayor exposición a la luz solar, el incremento de la actividad física y una mejor regulación de los ritmos biológicos. No obstante, los cambios de rutina también pueden provocar desajustes emocionales en algunas personas.

A estos cambios se añaden las expectativas sociales asociadas al verano. La presión por disfrutar, descansar o sentirse bien puede generar frustración cuando la experiencia real no coincide con la imagen idealizada de unas vacaciones. La especialista también señala que durante esta época suele producirse una convivencia más intensa con familiares o parejas, lo que puede favorecer la aparición de conflictos domésticos. La mayor cantidad de tiempo compartido puede hacer que determinadas situaciones tengan una presencia más habitual durante el periodo vacacional. En otros casos, especialmente entre jóvenes o personas que viven solas, el verano puede implicar una reducción de los apoyos sociales habituales y provocar una mayor sensación de aislamiento.

Cómo afrontar el cansancio emocional

Por ello, aunque las vacaciones estén relacionadas habitualmente con el descanso, la desconexión y el bienestar, la modificación de las rutinas y de las relaciones sociales puede tener efectos diferentes dependiendo de las circunstancias de cada persona. Ante la aparición de este cansancio emocional durante las vacaciones, la psicóloga María Astasio recomienda mantener unas rutinas mínimas de sueño y respetar los tiempos destinados al descanso. También considera importante revisar el nivel de autoexigencia durante este periodo y evitar la presión por aprovechar las vacaciones de una determinada manera. “Más que intentar aprovechar el verano de una determinada manera, conviene escucharse a uno mismo y permitirse vivir este periodo de acuerdo con las propias necesidades y circunstancias”, señala la especialista.

La recomendación pasa así por prestar atención a las propias necesidades y aceptar que no todas las personas viven las vacaciones de la misma forma. La obligación de disfrutar o de sentirse bien durante este periodo puede convertirse, en determinadas circunstancias, en una fuente adicional de presión. Además, existen determinadas situaciones ante las que puede ser necesaria una valoración profesional. Entre ellas se encuentran las alteraciones persistentes del sueño, la irritabilidad mantenida, la sensación de vacío, el aislamiento social o un malestar significativamente más intenso de lo habitual. Los profesionales de salud mental insisten en que reconocer el cansancio emocional y comprender que determinadas reacciones pueden aparecer después de periodos prolongados de estrés puede ayudar a evitar sentimientos de culpa y favorecer una mejor adaptación a las vacaciones.