Despertar de forma abrupta no es perjudicial por sí mismo, pero puede transformarse en un problema si nos arranca de una fase de sueño profundo. El científico Merijn Van de Laar advierte de que este dispositivo puede forzarnos a levantarnos antes de lo que dicta nuestro reloj biológico, provocando lo que se conoce como jet lag social, una desconexión entre nuestras obligaciones y nuestras necesidades naturales.

Uno de los errores más comunes al comenzar el día es sucumbir a la tentación de los cinco minutos más. Esta práctica de posponer la alarma una y otra vez fragmenta los últimos ciclos de sueño y nos deja en un estado de aturdimiento prolongado. La ciencia ha demostrado que cuantas más alarmas acumulamos, mayor es la inercia del sueño. Esto significa que la transición hacia la vigilia se vuelve mucho más lenta y pesada, dejando a la persona con una sensación de cansancio que puede arrastrar durante toda la mañana.

El coste energético de despertar varias veces

Cada vez que suena el despertador y decidimos volver a cerrar los ojos, obligamos a nuestro cuerpo a realizar arranques constantes. En cada uno de estos despertares forzados las pulsaciones se aceleran y el organismo debe invertir una energía extra para activarse.

Este ciclo de encendido y apagado no solo es ineficaz, sino que nos hace sentir mucho más somnolientos que si nos hubiéramos levantado a la primera. La recomendación más saludable es ajustar la alarma a la hora real en la que debemos salir de la cama y evitar las interrupciones repetidas.

Además de gestionar mejor la mañana, es fundamental entender que el sueño no tiene por qué ser un bloque ininterrumpido. Existe el mito de que debemos dormir ocho horas seguidas sin mover un músculo, pero la realidad es que despertarse brevemente durante la noche es algo completamente normal. De hecho, se estima que las personas pasamos despiertas hasta una quinta parte del tiempo total que permanecemos en la cama. Si esos despertares se afrontan con relajación en lugar de angustia, no comprometen la calidad de nuestro descanso.

Claves para un descanso reparador y constante

Lograr un sueño de alta calidad requiere cuidar tanto el entorno como los hábitos previos a acostarse. La constancia es el pilar fundamental, por lo que intentar mantener horarios regulares incluso durante los fines de semana ayuda a sincronizar nuestro ritmo interno.

El uso de la luz también juega un papel determinante; buscar el sol por la mañana y reducir la intensidad lumínica al caer la tarde prepara al cerebro para el descanso. Una habitación fresca, con una temperatura que ronde los dieciocho o veinte grados, facilitará la entrada en las fases de sueño profundo.

La alimentación y la actividad física también dictan la calidad de nuestras noches. Es preferible evitar comidas pesadas, el alcohol o la cafeína en las horas previas al descanso, así como el ejercicio vigoroso justo antes de ir a dormir. Crear un espacio tranquilo, con un colchón cómodo y mínimas interrupciones, transforma el dormitorio en un verdadero refugio de salud. En definitiva, el bienestar nocturno se basa en respetar nuestros despertares naturales y en entender que la mejor forma de empezar el día es con un único despertar definitivo y consciente.