En una conversación con EFE, el experto del Departamento de Ingeniería Química Industrial y del Medio Ambiente advierte de que la imagen de los pantanos llenos puede generar una falsa sensación de seguridad. Esa fotografía, explica, refleja únicamente el presente, pero no garantiza estabilidad a medio plazo. "El volumen almacenado refleja la situación actual y no asegura que el sistema esté protegido frente a nuevos periodos de escasez", señala. Y los datos lo ilustran, España consume alrededor de 32.000 hectómetros cúbicos de agua al año, mientras que las reservas actuales rondan los 46.752 hm³. El equilibrio, por tanto, depende tanto de la demanda como de cómo evolucionen las precipitaciones.

El consumo, el verdadero riesgo

Rodríguez Chueca advierte además de un patrón recurrente, cuando hay abundancia, el consumo se dispara y desaparece la percepción de riesgo. Para evitarlo, propone campañas de sensibilización continuas, tarifas que premien el uso responsable y una mayor implicación de las administraciones en la renovación de infraestructuras con pérdidas, así como en el control de usos irregulares y vertidos. El profesor reconoce que es un escenario muy improbable, pero no imposible. En un caso extremo, las consecuencias dependerían del punto de partida, especialmente del nivel de agua almacenada. Sin tener en cuenta la situación excepcional de este año, habría impactos económicos y restricciones puntuales, aunque el suministro básico estaría garantizado. España, recuerda, es un referente internacional en gestión hídrica y cuenta con herramientas clave: embalses, acuíferos, desaladoras y un creciente número de depuradoras capaces de regenerar aguas residuales. El abastecimiento a la población sería siempre la prioridad.

La escasez no se manifiesta primero en los embalses, sino en la atmósfera. La sequía meteorológica es la primera señal. Para detectarla se utiliza el Índice de Precipitación Estandarizado (SPI), que compara las precipitaciones actuales con los registros históricos. Si estos valores se mantienen en negativo durante semanas o meses, la sequía ya ha comenzado, aunque los grifos sigan funcionando con normalidad. La detección temprana es esencial para anticipar medidas antes de que la situación afecte al abastecimiento, la agricultura o los ecosistemas. La lluvia es imprevisible y cada vez más irregular debido al cambio climático. Por eso, el consumo se convierte en el único factor controlable. Reducir la demanda permite retrasar la llegada de la sequía hidrológica y equilibrar el sistema.

Futuro hídrico

La solución pasa por mantener la concienciación incluso en épocas de abundancia. Rodríguez Chueca propone campañas permanentes, tarifas progresivas y una mayor responsabilidad institucional, modernizar redes con fugas, mejorar el regadío, perseguir usos ilegales y reforzar el control de vertidos. La planificación hidrológica es la herramienta que permite anticiparse y minimizar impactos. La gestión de emergencia actúa cuando el problema ya está encima. Ambas son necesarias, pero sin planificación, la emergencia se convierte en crisis.

El arco mediterráneo lleva décadas apostando por la reutilización, la desalación y la eficiencia. Para garantizar el futuro hídrico, el experto insiste en seguir invirtiendo en infraestructuras, reducir pérdidas, implantar contadores inteligentes y potenciar recursos no convencionales. España es especialmente sensible a los escenarios climáticos futuros. Según Rodríguez Chueca, algunas zonas del norte peninsular podrían verse más afectadas en un escenario de sequía prolongada, ya que históricamente han estado menos expuestas a situaciones de escasez.