Esta semana, 158 ejemplares de tortugas gigantes criados en cautividad han sido liberados como parte del Proyecto de Restauración Ecológica de Floreana, un hito que la Fundación Charles Darwin y el Ministerio de Ambiente de Ecuador califican como uno de los mayores retos asumidos en la historia de la conservación del archipiélago.
Una especie que regresa desde el borde del olvido
La tortuga gigante de Floreana, Chelonoidis niger niger, se considera extinta en la isla desde el siglo XIX, cuando las prácticas de la caza de ballenas, que incluían desembarcar animales vivos antes de los largos viajes marítimos, acabaron con la población local. Durante décadas, se daba por perdida para siempre.
Todo cambió en los años 2000, cuando estudios genéticos revelaron que algunas tortugas que vivían en el volcán Wolf, en la isla Isabela, portaban una alta carga genética de los linajes de Floreana. Eran los últimos descendientes vivos de una especie que se creía extinguida. A partir de ahí, un programa de reproducción científica trabajó durante años para criar una población genéticamente lo más cercana posible a la tortuga original.
Las 158 tortugas liberadas esta semana son el resultado de ese proceso. No son exactamente la misma especie, pero llevan en su ADN la herencia de quienes caminaron por Floreana hace dos siglos.
Más que un símbolo, un motor del ecosistema
El regreso de las tortugas gigantes no es solo un gesto simbólico. Rakan Zahawi, director ejecutivo de la Fundación Charles Darwin, explica que estas criaturas son fundamentales para el funcionamiento del ecosistema: dispersan semillas, moldean la vegetación, crean microhábitats e influyen directamente en la regeneración del paisaje. Su ausencia durante 180 años ha dejado una huella profunda en la isla que su presencia ayudará a reparar de forma progresiva.
El proyecto ha traído además otro hallazgo inesperado, el redescubrimiento del pachay, un ave rara que no había sido registrada en Floreana desde la primera visita de Charles Darwin al archipiélago. Una señal de que la naturaleza, cuando se le da espacio y tiempo, responde.
Una isla, una comunidad, un proyecto compartido
Lo que hace singular a este proyecto no es solo su dimensión científica, sino su enfoque humano. Floreana es una isla habitada por apenas 160 personas, y su comunidad ha sido parte activa del proceso desde el principio: talleres de planificación, medidas de bioseguridad, monitoreo ecológico. La representante comunitaria Verónica Mora lo resume con claridad, este regreso demuestra lo que es posible cuando una comunidad con múltiples socios se unen con un propósito compartido.

