Con la llegada de las altas temperaturas es habitual que desaparezcan las ganas de comer. Los platos contundentes dejan paso a ensaladas, fruta, gazpacho o alimentos fríos, y no es simplemente una cuestión de gustos. El cuerpo al estar expuesto a las altas temperaturas pone en marcha diferentes mecanismos para intentar mantenerse fresco y regular su temperatura.
Cuando la temperatura corporal aumenta también aumenta el flujo sanguíneo hacia la piel, activándose la sudoración para favorecer la pérdida de calor. Esta circunstancia hace que al ingerir comidas abundantes y pesadas puedan resultar especialmente incómodas y aumentar la sensación de pesadez.
Alimentos fríos y refrescantes
En verano suele apetecer más aquello que proporciona una sensación inmediata de frescor, como una fruta fría, un helado o una bebida refrigerada. Esto se debe a la sensación que tenemos frente a la temperatura de los alimentos siendo especialmente atractivos los más fríos.
¿Una mala noche?
Pasar una noche calurosa durante el tiempo de descanso, puede producirnos alteración del sueño y con ello pérdida de apetito debido a la alteración de las hormonas como la grelina y la leptina, implicadas en la regulación del hambre y la saciedad.
El resultado puede ser curioso... Aunque el calor reduzca las ganas de comer durante el día, una mala noche puede aumentar al día siguiente el deseo de alimentos rápidos y especialmente dulces.
¿Falta de azúcar?
Las altas temperaturas también pueden provocar una sensación intensa de agotamiento. Sin embargo, ese bajón no tiene por qué deberse a una falta de glucosa. El calor obliga al organismo a realizar un esfuerzo adicional para refrigerarse. La vasodilatación y una ligera bajada de la tensión pueden contribuir a esa sensación de cansancio y debilidad.
Por eso, mantenerse bien hidratado es especialmente importante durante los días de más calor. El agua debe ser la principal fuente de hidratación y también pueden ayudar alimentos con un elevado contenido en agua, como algunas frutas o preparaciones frías.
Mantenerse muy hidratado
Uno de los principales consejos de los expertos es no confiar únicamente en la sensación de sed, ya que esta puede aparecer cuando ya existe cierto grado de deshidratación. La señal puede ser todavía menos evidente en las personas mayores.
Por ello, durante los episodios de calor intenso conviene beber líquidos de manera regular y prestar atención a síntomas como cansancio, mareo, debilidad o dolor de cabeza. En definitiva, que en verano nos apetezca menos comer tiene una explicación fisiológica.
