Medio maratón, maratón, ultra; una progresión que muchos viven como una escala natural hacia una versión más fuerte y sana de sí mismos. Pero un nuevo estudio de la Universidad de Colorado Anschutz pone sobre la mesa algo que los corredores populares raramente se preguntan: qué le está pasando realmente al cuerpo mientras se corre, y si el precio que se paga por dentro justifica siempre la medalla que se cuelga por fuera.

El esfuerzo que no se ve

Terminar una carrera de 40 kilómetros es un logro indiscutible, también es un estrés considerable para un organismo que, durante horas, ha trabajado al límite. La investigación, publicada por la Sociedad Americana de Hematología, detectó señales claras de daño interno en corredores de larga distancia tras analizar muestras de sangre de 23 atletas antes y después de competir.

El deterioro sigue un patrón consistente que se repite en todos los participantes y que se amplifica cuanto mayor es la distancia recorrida. Por fuera, el corredor llega sonriendo a la meta. Por dentro, el cuerpo ha pagado un precio que la ciencia todavía está aprendiendo a medir. Lo más llamativo no es que el esfuerzo extremo tenga consecuencias, sino la escala a la que ocurre.

No hace falta correr cien millas para que el organismo empiece a acusar el impacto. Ya en distancias de 40 kilómetros se observan alteraciones internas relevantes, lo que sitúa el foco no solo en los ultramaratones más extremos sino en pruebas que muchos corredores populares consideran perfectamente asumibles.

Más kilómetros, más factura

El estudio comparó lo que ocurre en el cuerpo tras una carrera de 40 kilómetros y tras una de 171, como la Ultra Trail del Mont Blanc. En las distancias más largas, el impacto interno se disparaba de forma significativa.

El doctor Travis Nemkov, autor principal, es directo: "El estrés persistente está dañando la célula más abundante del cuerpo". Lo que la ciencia aún no sabe es cuánto tiempo necesita el organismo para recuperarse del todo, ni si ese daño acumulado deja huella a largo plazo. Esa incertidumbre no es razón para ignorar los resultados, sino para no asumir que el cuerpo siempre se repara solo, a tiempo y sin coste, antes de la siguiente carrera.

Correr bien, no correr más

Nada de esto significa colgar las zapatillas, la evidencia que respalda los beneficios del running para la salud es sólida. El problema es la cultura de acumulación que ha crecido alrededor del deporte popular; la presión por encadenar retos cada vez más exigentes, por medir el compromiso con la salud en kilómetros anuales.

Los investigadores apuntan a que en el futuro estos hallazgos podrían traducirse en protocolos personalizados de entrenamiento y recuperación. Hasta entonces, la recomendación es más sencilla, escuchar al cuerpo con la misma atención con la que se mira el reloj en carrera, respetar los tiempos de recuperación y asumir que saber cuándo parar también es una forma de entrenar.