Cada vez son más los profesionales que cuestionan la eficacia de estas dietas y recuerdan que, además de no ofrecer resultados duraderos, pueden provocar alteraciones en el metabolismo, incrementar la sensación de hambre, favorecer el efecto rebote y deteriorar la relación con la alimentación.
La delgadez sigue asociándose al éxito
La nutricionista Julia Fernández-Renau, especializada en un enfoque antidietas, sostiene que no existe una necesidad real de realizar una operación bikini. Según explica, se ha normalizado la idea de que cuidar la alimentación implica restringir alimentos, eliminar determinados productos o seguir normas muy rígidas sobre qué comer y qué evitar. Sin embargo, advierte de que comenzar una dieta restrictiva pocas semanas antes del verano suele tener el efecto contrario al deseado. La experta señala que estas prácticas aumentan la inseguridad, dificultan la conexión con las señales naturales del cuerpo y, al plantearse con un objetivo inmediato, rara vez aportan beneficios duraderos. La especialista considera que esta búsqueda constante de la delgadez termina afectando tanto a la salud física como a la emocional. Limitar de forma continua la alimentación puede impedir cubrir las necesidades nutricionales del organismo y, al mismo tiempo, aumentar el deseo por aquellos alimentos que se intentan evitar.
Como consecuencia, muchas personas finalizan cada nueva dieta sintiéndose más inseguras, con mayor miedo a determinados alimentos y con una peor relación con la comida. Uno de los principales argumentos científicos que cuestionan las dietas restrictivas tiene que ver con la respuesta del propio organismo. Cuando el cuerpo recibe menos energía de la que necesita, interpreta esa situación como una amenaza y pone en marcha mecanismos destinados a conservar recursos. Según explica Fernández-Renau, el metabolismo basal puede reducirse entre un 10 % y un 25 %, disminuyendo el gasto energético necesario para mantener las funciones vitales. Al mismo tiempo, el organismo también reduce de manera inconsciente la actividad física diaria. Gestos cotidianos como caminar, moverse o gesticular se realizan con menor intensidad, mientras que el proceso digestivo se vuelve más eficiente para aprovechar mejor cada alimento consumido.
Más hambre y menos sensación de saciedad
Las dietas también provocan importantes cambios hormonales relacionados con el apetito. Durante la restricción alimentaria disminuyen los niveles de leptina, la hormona responsable de generar sensación de saciedad, mientras aumenta la actividad de la grelina, conocida como la hormona del hambre. Esta combinación hace que el organismo reclame constantemente alimento y resulte mucho más difícil sentirse satisfecho después de comer. Las consecuencias de las dietas no afectan únicamente al metabolismo. El cerebro también modifica su respuesta ante la falta de energía.
Fernández-Renau explica que el sistema de recompensa se vuelve más sensible, aumentando la atención hacia los alimentos, los olores y los antojos. Paralelamente, la actividad de la corteza prefrontal, implicada en el autocontrol y en la toma de decisiones, disminuye, dificultando mantener las restricciones alimentarias durante mucho tiempo. Por ello, la experta defiende que el cuidado de la salud no debería basarse en restricciones temporales orientadas únicamente a perder peso antes del verano, sino en construir una relación más equilibrada con la alimentación y con el propio cuerpo, alejándose de la culpabilidad y de los ideales impuestos por la cultura de la dieta.
